Buceando el Evangelio

Buceando el Evangelio

By Jesús Rodrigo RodrigoReligion & Spirituality
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Buceando el Evangelio episodes

  • Epifania del Señor: Descubrir y reconocer al regalo verdadero.
    Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
    Hoy, fiesta de la Epifanía del Señor, el Evangelio (cf. Mateo 2, 1-12) nos presenta tres actitudes con las cuales ha sido acogida la venida de Jesucristo y su manifestación al mundo. La primera actitud: búsqueda, búsqueda atenta; la segunda: indiferencia; la tercera: miedo.
    Búsqueda atenta: Los Magos no dudan en ponerse en camino para buscar al Mesías. Llegados a Jerusalén preguntan: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle» (v. 2). Han hecho un largo viaje y ahora con gran atención tratan de identificar dónde se pueda encontrar al Rey recién nacido. En Jerusalén se dirigen al rey Herodes, el cual pide a los sumos sacerdotes y a los escribas que se informen sobre el lugar en el que debía nacer el Mesías.
    A esta búsqueda atenta de los Magos, se opone la segunda actitud: la indiferencia de los sumos sacerdotes y de los escribas. Estos eran muy cómodos. Conocen las Escrituras y son capaces de dar la respuesta adecuada al lugar del nacimiento: «En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta»; saben, pero no se incomodan para ir a buscar al Mesías. Y Belén está a pocos kilómetros, pero ellos no se mueven. Todavía más negativa es la tercera actitud, la de Herodes: el miedo. Él tiene miedo de que ese Niño le quiete el poder. Llama a los Magos y hace que le digan cuándo había aparecido su estrella, y les envía a Belén diciendo: «Id e indagad […] sobre ese niño; y cuando le encontréis, comunicádmelo, para ir también yo a adorarle» (vv. 7-8). En realidad, Herodes no quería ir a adorar a Jesús; Herodes quiere saber dónde se encuentra el niño no para adorarlo, sino para eliminarlo, porque lo considera un rival. Y mirad bien: el miedo lleva siempre a la hipocresía. Los hipócritas son así porque tienen miedo en el corazón.
    Estas son las tres actitudes que encontramos en el Evangelio: búsqueda atenta de los Magos, indiferencia de los sumos sacerdotes, de los escribas, de esos que conocían la teología; y miedo, de Herodes. Y también nosotros podemos pensar y elegir: ¿cuál de las tres asumir? ¿Yo quiero ir con atención donde Jesús? «Pero a mí Jesús no me dice nada... estoy tranquilo...». ¿O tengo miedo de Jesús y en mi corazón quisiera echarlo? El egoísmo puede llevar a considerar la venida de Jesús en la propia vida como una amenaza. Entonces se trata de suprimir o de callar el mensaje de Jesús. Cuando se siguen las ambiciones humanas, las prospectivas más cómodas, las inclinaciones del mal, Jesús es considerado como un obstáculo.
    Por otro parte, está siempre presente también la tentación de la indiferencia. Aun sabiendo que Jesús es el Salvador —nuestro, de todos nosotros—, se prefiere vivir como si no lo fuera: en vez de comportarse con coherencia en la propia fe cristiana, se siguen los principios del mundo, que inducen a satisfacer las inclinaciones a la prepotencia, a la sed de poder, a las riquezas. Sin embargo estamos llamados a seguir el ejemplo de los Magos: estar atentos en la búsqueda, estar preparados para incomodarnos para encontrar a Jesús en nuestra vida. Buscarlo para adorarlo, para reconocer que Él es nuestro Señor, Aquel que indica el verdadero camino para seguir. Si tenemos esta actitud, Jesús realmente nos salva, y nosotros podemos vivir una vida bella, podemos crecer en la fe, en la esperanza, en la caridad hacia Dios y hacia nuestros hermanos. Invocamos la intercesión de María Santísima, estrella de la humanidad peregrina en el tiempo. Que con su ayuda materna, pueda cada hombre llegar a Cristo, Luz de verdad, y el mundo progrese sobre el camino de la justicia y de la paz.
    15 min
  • Santa María, Madre de Dios: Un nuevo año cogidos de la mano de María.
    Los pastores encontraron «a María, a José y al niño recién nacido acostado en el pesebre» (Lc 2,16). El pesebre es signo gozoso para los pastores, es la confirmación de cuanto habían escuchado del ángel (cf. v. 12), es el lugar donde encuentran al Salvador. Y es también la prueba de que Dios está junto a ellos; nace en un pesebre, un objeto muy conocido para ellos, mostrándose así cercano y familiar. Pero el pesebre es un signo gozoso también para nosotros. Naciendo pequeño y pobre, Jesús nos toca el corazón, nos infunde amor en vez de temor. El pesebre nos anticipa que se hará comida por nosotros. Y su pobreza es una hermosa noticia para todos, especialmente para los marginados, para los rechazados, para quienes no cuentan para el mundo. Dios llega allí sin ninguna vía preferencial, sin siquiera una cuna. Aquí está la belleza de verlo recostado en un pesebre.
    Pero para María, la Santa Madre de Dios, no fue así. Ella tuvo que pasar por “el escándalo del pesebre”. Mucho antes que los pastores, también ella había recibido el anuncio de un ángel, que le había dicho palabras solemnes, hablándole del trono de David: «Concebirás y darás a luz un hijo, al que le pondrás el nombre de “Jesús”. Este será grande, será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre» (Lc 1,31-32). Y ahora lo debe colocar en un pesebre para animales. ¿Cómo unir el trono de un rey y el pobre pesebre? ¿Cómo se concilia la gloria del Altísimo y la miseria de un establo? Pensemos en el sufrimiento de la Madre de Dios. ¿Qué hay de más cruel para una madre que ver a su propio hijo sufrir la miseria? Es desconsolador. No se podría reprochar a María si se hubiera quejado por toda esa inesperada desolación. Pero no se desanimó. No se desahogó, sino que permaneció en silencio. Eligió algo distinto de la queja: «María, por su parte, conservaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón» (Lc 2,19).
    Es un modo de actuar diferente al de los pastores y al de la gente. Ellos contaron a todos lo que habían visto: el ángel que se apareció en medio de la noche, lo que dijo del Niño. Y la gente, al oír estas cosas, quedó asombrada (cf. v. 18): son palabras y admiración. María, en cambio, se muestra pensativa. Conserva y medita en el corazón. Son dos actitudes distintas que podemos encontrar también en nosotros. El relato y el asombro de los pastores recuerdan la condición de los inicios en la fe. Allí todo es fácil y sencillo, nos alegramos con la novedad de Dios que entra en la vida, que lleva a todos los ámbitos un clima de asombro. Mientras la actitud meditativa de María es la expresión de una fe madura, adulta, no de los comienzos. No de una fe que acaba de nacer, sino de una fe que se ha convertido en generadora. Porque la fecundidad espiritual pasa a través de la prueba. De la tranquilidad de Nazaret, y las triunfales promesas que le hizo el ángel —su inicio—, ahora María se encuentra en el oscuro establo de Belén. Pero es desde allí donde ella entrega a Dios al mundo. Y mientras otros, frente al escándalo del pesebre, se hubieran dejado llevar por el desánimo, ella no, ella conserva meditando.
    Aprendamos de la Madre de Dios esta actitud: conservar meditando. Porque hay ocasiones en que también nosotros tenemos que sobrellevar algunos “escándalos del pesebre”. Tenemos la esperanza de que todo va a salir bien, pero de repente cae, como un rayo de la nada, un problema inesperado. Y se crea un conflicto doloroso entre las expectativas y la realidad. Pasa también con la fe, cuando la alegría del Evangelio es puesta a prueba por una situación difícil que nos toca atravesar. Pero hoy la Madre de Dios nos enseña a sacar provecho de este choque. Nos descubre que es necesario, que es el camino angosto para llegar a la meta, la cruz sin la cual no se resucita. Es como un parto doloroso, que da vida a una fe más madura.
    Me pregunto, hermanos y hermanas, ¿cómo realizar este paso?, ¿cómo superar el choque entre lo ideal y lo real? Actuando, precisamente, como María: conservando y meditando. María, en primer lugar, conserva, es decir, no desperdiga. No rechaza lo que ocurre. Conserva en el corazón cada cosa, todo lo que ha visto y oído. Las cosas hermosas, como lo que le había dicho el ángel y lo que le habían contado los pastores. Pero también las cosas difíciles de aceptar, como el peligro que corrió por quedar embarazada antes del matrimonio y, ahora, la angustia desoladora del establo donde tuvo que dar a luz. Esto es lo que hace María: no selecciona, sino que conserva. Acoge la realidad como llega, no trata de camuflar, de maquillar la vida, conserva en el corazón.
    Le sigue una segunda actitud. ¿Cómo conserva María? Conserva meditando. El verbo empleado por el Evangelio evoca el entramado de las cosas. María compara experiencias distintas, encontrando los hilos escondidos que las unen. En su corazón, en su oración, realiza este proceso extraordinario, une las cosas hermosas con las feas; no las tiene separadas, sino que las une. Y por esto María es la Madre de la catolicidad. Podemos, forzando el lenguaje, decir que por esto María es católica, porque une, no separa. Y así capta el sentido pleno, la perspectiva de Dios. En su corazón de madre comprende que la gloria del Altísimo pasa por la humildad; ella acepta el plan de salvación, por el cual Dios debía ser recostado en un pesebre. Contempla al Niño divino, frágil y tiritando, y acoge el maravilloso entramado divino entre grandeza y pequeñez. De ese modo conserva María, meditando.
    Esta mirada inclusiva, que supera las tensiones conservando y meditando en el corazón, es la mirada de las madres, que en las tensiones no dividen, ellas las conservan y así crece la vida. Es la mirada con la que muchas madres abrazan las situaciones de los hijos. Es una mirada concreta, que no se desanima, que no se paraliza ante los problemas, sino que los coloca en un horizonte más amplio. Y María va de ese modo, hasta el calvario, meditando y conservando, conserva y medita. Vienen a la mente los rostros de las madres que asisten al hijo enfermo o en dificultad. Cuánto amor hay en sus ojos, que, mientras lloran, saben comunicar motivos para seguir esperando. Su mirada es una mirada consciente, que no se hace ilusiones y, sin embargo, más allá del sufrimiento y de los problemas, ofrece una perspectiva más amplia, la del cuidado, la del amor que renueva la esperanza. Esto hacen las madres. Saben superar obstáculos y conflictos, saben infundir paz. Así logran transformar las adversidades en oportunidades para renacer y en oportunidades para crecer. Lo hacen porque saben conservar. Las madres saben conservar, saben mantener unidos los hilos de la vida, todos. Necesitamos personas que sean capaces de tejer hilos de comunión, que contrarresten los alambres espinados de las divisiones, que son demasiados. Y esto las madres lo saben hacer.
    El nuevo año inicia bajo el signo de la Santa Madre de Dios, en el signo de la Madre. La mirada materna es el camino para renacer y crecer. Las madres, las mujeres, no miran el mundo para explotarlo, sino para que tenga vida. Mirando con el corazón, logran mantener unidos los sueños y lo concreto, evitando las desviaciones del pragmatismo aséptico y de la abstracción. Y la Iglesia es madre, es madre de este modo, la Iglesia es mujer, es mujer de este modo. Por eso no podemos encontrar el lugar de la mujer en la Iglesia sin verla reflejada en este corazón de mujer-madre. Este es el puesto de la mujer en la Iglesia, el gran lugar, del que derivan otros más concretos, más secundarios. Pero la Iglesia es madre, la Iglesia es mujer. Y mientras las madres dan la vida y las mujeres conservan el mundo, trabajemos todos para promover a las madres y proteger a las mujeres. Cuánta violencia hay contra las mujeres. Basta. Herir a una mujer es ultrajar a Dios, que tomó la humanidad de una mujer, no de un ángel, no directamente, sino de una mujer. Y como de una mujer, de la Iglesia mujer, toma la humanidad de los hijos.
    Al inicio del nuevo año pongámonos bajo la protección de esta mujer, la Santa Madre de Dios que es nuestra madre. Que nos ayude a conservar y a meditar todas las cosas, sin tener miedo a las pruebas, con la alegre certeza de que el Señor es fiel y sabe transformar las cruces en resurrecciones. También hoy invoquémosla como lo hizo el Pueblo de Dios en Éfeso. Nos ponemos todos en pie, mirando a Nuestra Señora, y como hizo el pueblo de Dios en Éfeso, repetimos tres veces su título de Madre de Dios. Todos juntos: “Santa Madre de Dios, Santa Madre de Dios, Santa Madre de Dios”. Amén.
    14 min
  • Natividad del Señor: Cuidar y proteger al que nace para cuidarnos y protegernos
    En esta noche se cumple la gran profecía de Isaías: «Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado» (Is 9,5).
    Un hijo se nos ha dado. A menudo se oye decir que la mayor alegría de la vida es el nacimiento de un hijo. Es algo extraordinario, que lo cambia todo, que pone en movimiento energías impensables y nos hace superar la fatiga, la incomodidad y las noches de insomnio, porque trae una felicidad grande, ante la cual ya nada parece que pese. La Navidad es así: el nacimiento de Jesús es la novedad que cada año nos permite nacer interiormente de nuevo y encontrar en Él la fuerza para afrontar cada prueba. Sí, porque su nacimiento es para nosotros: para mí, para ti, para todos nosotros. Para es la palabra que se repite en esta noche santa: “Un hijo se nos ha dado para nosotros”, ha profetizado Isaías; “hoy ha nacido para nosotros el Salvador”, hemos repetido en el Salmo; Jesús “se entregó por y para nosotros” (cf. Tt 2,14), ha proclamado san Pablo; y el ángel en el Evangelio ha anunciado: “Ha nacido para vosotros un Salvador” (cf. Lc 2,11). Para mí, para vosotros.
    ¿Pero qué significa este para nosotros? Que el Hijo de Dios, el bendito por naturaleza, viene a hacernos hijos bendecidos por gracia. Sí, Dios viene al mundo como hijo para hacernos hijos de Dios. ¡Qué regalo tan maravilloso! Hoy Dios nos asombra y nos dice a cada uno: “Tú eres una maravilla”. Hermana, hermano, no te desanimes. ¿Estás tentado de sentirte fuera de lugar? Dios te dice: “No, ¡tú eres mi hijo!”. ¿Tienes la sensación de no lograrlo, miedo de no estar a la altura, temor de no salir del túnel de la prueba? Dios te dice: “Ten valor, yo estoy contigo”. No te lo dice con palabras, sino haciéndote hijo como tú y por ti, para recordarte cuál es el punto de partida para que empieces de nuevo: reconocerte como hijo de Dios, como hija de Dios. Este es el punto de partida para cualquier nuevo nacimiento. Este es el corazón indestructible de nuestra esperanza, el núcleo candente que sostiene la existencia: más allá de nuestras cualidades y de nuestros defectos, más fuerte que las heridas y los fracasos del pasado, que los miedos y la preocupación por el futuro, se encuentra esta verdad: somos hijos amados. Y el amor de Dios por nosotros no depende y no dependerá nunca de nosotros: es amor gratuito. Esta noche no tiene otra explicación: sólo la gracia. Todo es gracia. El don es gratuito, sin ningún mérito de nuestra parte, pura gracia. Esta noche, san Pablo nos ha dicho: «Ha aparecido la gracia de Dios» (Tt 2,11). Nada es más valioso.
    Un hijo se nos ha dado. El Padre no nos ha dado algo, sino a su mismo Hijo unigénito, que es toda su alegría. Y, sin embargo, si miramos la ingratitud del hombre hacia Dios y la injusticia hacia tantos de nuestros hermanos, surge una duda: ¿Ha hecho bien el Señor en darnos tanto, hace bien en seguir confiando en nosotros? ¿No nos sobrevalora? Sí, nos sobrevalora, y lo hace porque nos ama hasta el extremo. No es capaz de dejarnos de amar. Él es así, tan diferente a nosotros. Siempre nos ama, más de lo que nosotros mismos seríamos capaces de amarnos. Ese es su secreto para entrar en nuestros corazones. Dios sabe que la única manera de salvarnos, de sanarnos interiormente, es amarnos: no hay otro modo. Sabe que nosotros mejoramos sólo aceptando su amor incansable, que no cambia, sino que nos cambia. Sólo el amor de Jesús transforma la vida, sana las heridas más profundas y nos libera de los círculos viciosos de la insatisfacción, de la ira y de la lamentación.
    Un hijo se nos ha dado. En el pobre pesebre de un oscuro establo está, en efecto, el Hijo de Dios. Surge otra pregunta: ¿Por qué nació en la noche, sin alojamiento digno, en la pobreza y el rechazo, cuando merecía nacer como el rey más grande en el más hermoso de los palacios? ¿Por qué? Para hacernos entender hasta qué punto ama nuestra condición humana: hasta el punto de tocar con su amor concreto nuestra peor miseria. El Hijo de Dios nació descartado para decirnos que toda persona descartada es un hijo de Dios. Vino al mundo como un niño viene al mundo, débil y frágil, para que podamos acoger nuestras fragilidades con ternura. Y para descubrir algo importante: como en Belén, también con nosotros Dios quiere hacer grandes cosas a través de nuestra pobreza. Puso toda nuestra salvación en el pesebre de un establo y no tiene miedo a nuestra pobreza. ¡Dejemos que su misericordia transforme nuestras miserias!
    Esto es lo que significa que un hijo ha nacido para nosotros. Pero queda todavía otro para, el que el ángel indica a los pastores: «Esta será la señal para vosotros: encontréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc 2,12). Este signo, el Niño en el pesebre, es también para nosotros, para guiarnos en la vida. En Belén, que significa “Casa del Pan”, Dios está en un pesebre, recordándonos que lo necesitamos para vivir, como el pan para comer. Necesitamos dejarnos atravesar por su amor gratuito, incansable, concreto. Cuántas veces en cambio, hambrientos de entretenimiento, éxito y mundanidad, alimentamos nuestras vidas con comidas que no sacian y dejan un vacío dentro. El Señor, por boca del profeta Isaías, se lamenta de que mientras el buey y el asno conocen su pesebre, nosotros, su pueblo, no lo conocemos a Él, fuente de nuestra vida (cf. Is 1,2-3). Es verdad: insaciables de poseer, nos lanzamos a tantos pesebres de vanidad, olvidando el pesebre de Belén. Ese pesebre, pobre en todo y rico de amor, nos enseña que el alimento de la vida es dejarse amar por Dios y amar a los demás. Jesús nos da el ejemplo: Él, el Verbo de Dios, es un infante; no habla, pero da la vida. Nosotros, en cambio, hablamos mucho, pero a menudo somos analfabetos de bondad.
    Un hijo se nos ha dado. Quien tiene un niño pequeño sabe cuánto amor y paciencia se necesitan. Es necesario alimentarlo, atenderlo, limpiarlo, cuidar su fragilidad y sus necesidades, que con frecuencia son difíciles de comprender. Un niño nos hace sentir amados, pero también nos enseña a amar. Dios nació niño para alentarnos a cuidar de los demás. Su llanto tierno nos hace comprender lo inútiles que son nuestros muchos caprichos, y de esos tenemos tantos. Su amor indefenso, que nos desarma, nos recuerda que el tiempo que tenemos no es para autocompadecernos, sino para consolar las lágrimas de los que sufren. Dios viene a habitar entre nosotros, pobre y necesitado, para decirnos que sirviendo a los pobres lo amaremos. Desde esta noche, como escribió una poetisa, «la residencia de Dios está junto a mí. La decoración es el amor» (E. Dickinson, Poems, XVII).
    Un hijo se nos ha dado. Eres tú, Jesús, el Hijo que me hace hijo. Me amas como soy, no como yo me creo que soy; yo lo sé. Al abrazarte, Niño del pesebre, abrazo de nuevo mi vida. Acogiéndote, Pan de vida, también yo quiero entregar mi vida. Tú que me salvas, enséñame a servir. Tú que no me dejas solo, ayúdame a consolar a tus hermanos, porque —Tú sabes— desde esta noche todos son mis hermanos.
    17 min
  • II Domingo Adviento: Preparad el Camino al Señor
    La vida es a menudo un desierto, es difícil caminar dentro de la vida, pero si nos encomendamos a Dios puede llegar a ser hermosa y ancha como una autopista. Es suficiente con no perder nunca la esperanza, basta que sigamos creyendo, siempre, a pesar de todo. Cuando nos encontramos frente a un niñ
    11 min
  • IV Domingo Adviento: El Dios que cumple sus promesas.
    En los inevitables «momentos malos» de la vida es necesario «tomar consigo» los problemas con valor, poniéndose en las manos de un Dios que hace la historia también a través de nosotros y la corrige si no entendemos y nos equivocamos. Esta es la sugerencia ofrecida por el Papa Francisco en la misa celebrada el jueves 18 de diciembre en la capilla de la Casa Santa Marta.
    «Ayer la liturgia —destacó inmediatamente el Pontífice— nos hizo reflexionar sobre la genealogía de Jesús». Y con el pasaje de hoy del Evangelio de san Mateo (1, 18-24) se concluye precisamente esta reflexión, «para decirnos que la salvación está siempre en la historia: no hay una salvación sin historia». En efecto, «para llegar al punto de hoy —explicó— hubo una larga historia, una larguísima historia que simbólicamente ayer la Iglesia ha querido contarnos en la lectura de la genealogía de Jesús: Dios ha querido salvarnos en la historia».
    «Nuestra salvación, la que Dios quiso para nosotros, no es una salvación ascética, de laboratorio», sino «histórica». Y Dios, afirmó el Papa Francisco, «hizo un camino en la historia con su pueblo». Precisamente la primera lectura —tomada del profeta Jeremías (23, 5-8)— «dice una cosa bella sobre las etapas de esta historia», hizo observar el Papa releyendo las palabras de la Escritura: «Llegan días en que ya no se dirá: “Lo juro por el Señor, que sacó a la casa de Israel del país del norte y de los países por donde los dispersó”».
    «Otro paso, otra etapa», explicó el Papa Francisco. Así, paso a paso se hace la historia: Dios hace la historia, también nosotros hacemos la historia». Y «cuando nos equivocamos, Dios corrige la historia y nos lleva adelante, adelante, siempre caminando con nosotros». Por lo demás, «si nosotros no tenemos claro esto, jamás entenderemos la Navidad, y jamás entenderemos el misterio de la encarnación del Verbo, jamás». Porque «es toda una historia que camina» —recalcó el Pontífice— y que ciertamente no termina con la Navidad, porque «hoy, todavía, el Señor nos salva en la historia y camina con su pueblo».
    Y entonces, para qué sirven «los sacramentos, la oración, la predicación, el primer anuncio: para seguir adelante con esta historia». Para esto sirven «también los pecados, porque en la historia de Israel no faltaron»: en la misma genealogía de Jesús «había muchos grandes pecadores». Y, sin embargo, «Jesús sigue adelante. Dios sigue adelante, también con nuestros pecados».
    Así, pues, en esta historia «hay algunos momentos malos», hizo notar el Papa Francisco: «momentos malos, momentos oscuros, momentos incómodos, momentos que causan molestias» precisamente «a los elegidos, a las personas que Dios elige para guiar la historia, para ayudar a su pueblo a seguir adelante». El Papa recordó sobre todo a «Abrahán, con noventa años, tranquilo, con su mujer: no tenía un hijo, sino una bella familia». Pero «un día el Señor lo importuna» y le ordena salir de su tierra y ponerse en camino. Abrahán «tiene noventa años» y para él eso es ciertamente «un momento de molestia». Pero así fue también para Moisés «después de huir de Egipto: se casó y su suegro tenía ese rebaño tan grande y él era pastor de ese rebaño». Tenía ochenta años y «pensaba en sus hijos, en la herencia que les dejaba, en su mujer». Y he aquí que el Señor le ordena volver a Egipto para liberar a su pueblo. Pero «en aquel momento para él era más cómodo estar ahí, en tierra de Madián. Pero el Señor incomoda» y de nada vale la pregunta de Moisés: «¿Pero quién soy yo para hacer esto?».
    Por lo tanto, afirmó el Papa Francisco, «el Señor nos incomoda para construir la historia, nos hace ir muchas veces por caminos que no queremos». Y recordó también el caso del profeta Elías: «el Señor lo impulsa a matar a todos los falsos profetas de Balaam y después, cuando la reina lo amenaza, tiene miedo de una mujer»; pero «ese hombre que había matado a cuatrocientos profetas tiene miedo de una mujer y querría morir de miedo, no quiere seguir caminando». Para él era de verdad «un mal momento».
    En el pasaje evangélico de Mateo, prosiguió el Pontífice, «hoy hemos leído otro momento malo en la historia de la salvación: existen muchos, pero vamos al de hoy». El personaje central es «José, novio: quería mucho a su prometida esposa, y ella se había ido al encuentro de su prima para ayudarle, y cuando regresa se veían los primeros signos de la maternidad». José «sufre, ve a las mujeres de la aldea que murmuraban en el mercado». Y sufriendo dice a sí mismo acerca de María: «Esta mujer es buena, yo la conozco. Es una mujer de Dios. Pero ¿qué me ha hecho? ¡No es posible! Pero yo tengo que acusarla y ella será lapidada. Le dirán a ella todo tipo de cosas. Yo no puedo poner este peso sobre ella, sobre algo que no conozco, porque ella es incapaz de la infidelidad».
    José decide entonces «cargar el problema sobre sus hombros y marcharse». Y, así, «las “chismosas” del mercado dirán: mira, la dejó embarazada y después se fue para no tomarse la responsabilidad». En cambio José «prefirió aparecer como pecador, como un hombre malo, para no hacerle sombra a su novia, a quien quería mucho», aunque «no entendía».
    Abrahán, Moisés, Elías, José: en sus «momentos malos —recalcó el Papa Francisco—, los elegidos, estos elegidos de Dios, para hacer la historia deben cargar con el problema sobre sus hombros, sin entender». Y volvió al caso de Moisés, «cuando, en la playa, vio venir el ejército del faraón: allá, el ejército, acá, el mar». Se habrá dicho: «¿Qué hago? ¡Tú me engañaste Señor!». Pero después carga sobre sí el problema y dice: «O regreso y negocio o lucho aunque seré derrotado, o me suicido o confío en el Señor». Ante estas alternativas Moisés «elige la última» y, a través de él, «el Señor hace la historia». Estos «son momentos precisamente así, como el cuello de un embudo», destacó el Pontífice.
    El Papa, por lo tanto, volvió a proponer la historia de otro José, «el hijo de Jacob: por envidia sus hermanos querían matarlo, después lo vendieron, se convierte en esclavo». Recorriendo su historia destacó el sufrimiento de José, que tiene además «un problema con la mujer del administrador, pero no acusa a la mujer. Es un hombre noble: porque destruiría al pobre administrador si supiera que la mujer no es fiel». Entonces «cierra la boca, carga sobre sus hombros el problema y se va a la cárcel». Pero «el Señor va a liberarlo».
    Regresando al Evangelio de la liturgia, el Pontífice evidenció nuevamente que «José en el momento más malo de su vida, en el momento más oscuro, carga sobre sí el problema». Hasta acusarse «a sí mismo ante los ojos de los demás para proteger a su esposa». Y «quizá —añadió— algún psicoanalista dirá que» esta actitud es «el compendio de la angustia», en busca de «una salida». Pero, añadió, «que digan lo que quieran». En realidad José al final tomó consigo a su esposa diciendo: «No entiendo nada, pero el Señor me dijo esto y este aparecerá como mi hijo».
    Por ello «para Dios hacer historia con su pueblo significa caminar y probar a sus elegidos». De hecho, «generalmente sus elegidos pasaron momentos oscuros, dolorosos, malos, como los que hemos visto»; pero «al final llega el Señor». El Evangelio, recordó el Papa, nos cuenta que Él «envía al ángel». Y «esto es —no digamos el final, porque la historia continúa— precisamente el momento previo: antes del nacimiento de Jesús una historia; y después viene la otra historia».
    Precisamente tomando en cuenta estas reflexiones, el Papa Francisco aconsejó: «Acordémonos siempre de decir, con confianza, incluso en los malos momentos, también en los momentos de la enfermedad, cuando nos demos cuenta de que debemos pedir la extrema unción porque no hay otra salida: «Señor, la historia no comenzó conmigo ni acabará conmigo. Tú estás adelante, yo estoy preparado». Y así nos ponemos «en las manos del Señor».
    Y esta es la actitud de Abrahán, Moisés, Elías, José y también de muchos otros elegidos del pueblo de Dios: «Dios camina con nosotros, Dios hace historia, Dios nos prueba, Dios nos salva en los momentos más feos, porque es nuestro Padre». Es más «según Pablo es nuestro papá». El Papa Francisco concluyó con una oración: «que el Señor nos haga entender este misterio de su caminar con su pueblo en la historia, de su poner a prueba a sus elegidos y la grandeza de corazón de sus elegidos que llevan sobre sí los dolores, los problemas, también la apariencia de pecadores —pensemos en Jesús— para llevar adelante la historia».
    16 min
  • III Domingo Adviento: Tensión y Confesión de la Fe
    La invitación del profeta dirigida a la antigua ciudad de Jerusalén, hoy también está dirigida a toda la Iglesia y a cada uno de nosotros: «¡Alégrate… grita!» (Sof 3, 14). El motivo de la alegría se expresa con palabras que infunden esperanza, y permiten mirar al futuro con serenidad. El Señor ha abolido toda condena y ha decidido vivir entre nosotros.
    Este tercer domingo de Adviento atrae nuestra mirada hacia la Navidad ya próxima. No podemos dejarnos llevar por el cansancio; no está permitida ninguna forma de tristeza, a pesar de tener motivos por las muchas preocupaciones y por las múltiples formas de violencia que hieren nuestra humanidad. Sin embargo, la venida del Señor debe llenar nuestro corazón de alegría. El profeta, que lleva escrito en su propio nombre —Sofonías— el contenido de su anuncio, abre nuestro corazón a la confianza: «Dios protege» a su pueblo. En un contexto histórico de grandes abusos y violencias, por obra sobre todo de hombres de poder, Dios hace saber que Él mismo reinará sobre su pueblo, que no lo dejará más a merced de la arrogancia de sus gobernantes, y que lo liberará de toda angustia. Hoy se nos pide que «no desfallezcamos» (cf. Sof 3, 16) a causa de la duda, la impaciencia o el sufrimiento.
    El apóstol Pablo retoma con fuerza la enseñanza del profeta Sofonías y lo repite: «El Señor está cerca» (Fil 4, 5). Por esto debemos alegrarnos siempre, y con nuestra afabilidad debemos dar a todos testimonio de la cercanía y el cuidado que Dios tiene por cada persona.
    Hemos abierto la Puerta santa, aquí y en todas las catedrales del mundo. También este sencillo signo es una invitación a la alegría. Inicia el tiempo del gran perdón. Es el Jubileo de la Misericordia. Es el momento de redescubrir la presencia de Dios y su ternura de padre. Dios no ama la rigidez. Él es Padre, es tierno. Todo lo hace con ternura de Padre. Seamos también nosotros como la multitud que interrogaba a Juan: «¿Qué tenemos que hacer?» (Lc 3, 10). La respuesta del Bautista no se hace esperar. Él invita a actuar con justicia y a estar atentos a las necesidades de quienes se encuentran en estado precario. Lo que Juan exige de sus interlocutores, es cuanto se puede refleja en la ley. A nosotros, en cambio, se nos pide un compromiso más radical. Delante a la Puerta Santa que estamos llamados a atravesar, se nos pide ser instrumentos de misericordia, conscientes de que seremos juzgados sobre esto. Quién ha sido bautizado sabe que tiene un mayor compromiso. La fe en Cristo nos lleva a un camino que dura toda la vida: el de ser misericordiosos como el Padre. La alegría de atravesar la Puerta de la Misericordia se une al compromiso de acoger y testimoniar un amor que va más allá de la justicia, un amor que no conoce confines. Y somos responsables de este infinito amor, a pesar de nuestras contradicciones.
    Recemos por nosotros y por todos los que atravesarán la Puerta de la Misericordia, para que podamos comprender y acoger el infinito amor de nuestro Padre celestial, quien recrea, transforma y reforma la vida.
    13 min
  • II Domingo de Adviento: Ser los "Juan Bautista" del Siglo XXI
    Queridos hermanos y hermanas, buenos días!
    El domingo pasado, la liturgia nos invitó a vivir el tiempo de Adviento y la espera del Señor con la actitud de vigilancia y también de la oración: «vigilar» y «besugo». Hoy, el segundo domingo de Adviento, se nos muestra cómo dar sustancia a esta expectativa: al emprender un viaje de conversión, cómo concretar esta expectativa. Como guía para este viaje, el Evangelio nos presenta la figura de Juan el Bautista, quien «viajó por toda la región del Jordán, predicando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados» (Lc 3, 3). Para describir la misión del Bautista, el evangelista Lucas recoge la antigua profecía de Isaías, que dice: «Voz de uno que clama en el desierto: ¡Prepare el camino del Señor, alinee sus caminos! Cada barranco será llenado, cada montaña y cada colina serán bajadas «(versículos 4-5).
    Para preparar el camino para el Señor que viene, es necesario tener en cuenta las demandas de conversión a las que el Bautista invita. ¿Cuáles son estas necesidades para una conversión? En primer lugar, estamos llamados a reclamar las depresiones producidas por la frialdad y la indiferencia, abriéndonos a otros con los mismos sentimientos de Jesús, es decir, con esa cordialidad y atención fraterna que asume la responsabilidad de las necesidades de nuestro prójimo. Reclamar las depresiones producidas por el frío. No puedes tener una relación de amor, de caridad, de fraternidad con otros si hay «agujeros», ya que no puedes ir por un camino con muchos posos. Esto requiere cambiar la actitud. Y todo esto, hazlo incluso con especial cuidado para los más necesitados. Entonces necesitamos reducir tanta dureza causada por el orgullo y el orgullo. Cuánta gente, tal vez sin darse cuenta, es soberbia, dura, no tiene esa relación de cordialidad. Es necesario superar esto realizando gestos concretos de reconciliación con nuestros hermanos, pidiendo el perdón de nuestras faltas. No es fácil de reconciliar. Siempre pensamos: «¿Quién da el primer paso?». El Señor nos ayuda en esto, si tenemos buena voluntad. De hecho, la conversión está completa si lleva a reconocer con humildad nuestros errores, nuestras infidelidades y nuestros incumplimientos.
    El creyente es el que, al estar cerca de su hermano, como Juan el Bautista abre caminos en el desierto, es decir, indica perspectivas de esperanza incluso en esos contextos existenciales impermeables, marcados por el fracaso y la derrota. No podemos ceder ante situaciones negativas de cierre y rechazo; No debemos permitirnos ser sometidos a la mentalidad del mundo, porque el centro de nuestra vida es Jesús y su palabra de luz, de amor, de consuelo. Es el, Él Bautista invitó a la gente de su tiempo a la conversión con fuerza, vigor y severidad. Sin embargo, sabía cómo escuchar, sabía cómo realizar gestos de ternura, gestos de perdón hacia la multitud de hombres y mujeres que acudían a él para confesar sus pecados y ser bautizados con el bautismo de penitencia.
    El testimonio de Juan el Bautista nos ayuda a avanzar en nuestro testimonio de vida. La pureza de su proclamación, su coraje para proclamar la verdad, logró despertar las expectativas y esperanzas del Mesías que había estado inactivo durante mucho tiempo. Incluso hoy, los discípulos de Jesús están llamados a ser sus testigos humildes pero valientes para reavivar la esperanza, para hacer entender que, a pesar de todo, el reino de Dios continúa siendo construido día a día con el poder del Espíritu Santo. Pensamos, cada uno de nosotros: ¿cómo puedo cambiar algo de mi actitud, para preparar el camino para el Señor?
    Que la Virgen María nos ayude a preparar el camino del Señor día tras día, comenzando con nosotros mismos; y difundirse a nuestro alrededor, con tenaz paciencia, semillas de paz, justicia y fraternidad.
    14 min
  • I Domingo Adviento: ¡¡¡ Feliz Año Nuevo Cristiano !!!
    Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
    Hoy en la Iglesia inicia un nuevo año litúrgico, es decir, un nuevo camino de fe del pueblo de Dios. Y como siempre iniciamos con el Adviento. La página del Evangelio (cf. Mt 24, 37-44) nos presenta uno de los temas más sugestivos del tiempo de Adviento: la visita del Señor a la humanidad. La primera visita —lo sabemos todos— se produjo con la Encarnación, el nacimiento de Jesús en la gruta de Belén; la segunda sucede en el presente: el Señor nos visita continuamente cada día, camina a nuestro lado y es una presencia de consolación; y para concluir estará la tercera y última visita, que profesamos cada vez que recitamos el Credo: «De nuevo vendrá en la gloria para juzgar a vivos y a muertos». El Señor hoy nos habla de esta última visita suya, la que sucederá al final de los tiempos y nos dice dónde llegará nuestro camino.
    La palabra de Dios hace resaltar el contraste entre el desarrollarse normal de las cosas, la rutina cotidiana y la venida repentina del Señor. Dice Jesús: «Como en los días que precedieron al diluvio, comían, bebían, tomaban mujer o marido, hasta el día en el que entró Noé en el arca, y no se dieron cuenta hasta que vino el diluvio y los arrasó a todos» (vv. 38-39): así dice Jesús. Siempre nos impresiona pensar en las horas que preceden a una gran calamidad: todos están tranquilos, hacen las cosas de siempre sin darse cuenta que su vida está apunto de ser alterada. El Evangelio, ciertamente no quiere darnos miedo, sino abrir nuestro horizonte a la dimensión ulterior, más grande, que por una parte relativiza las cosas de cada día pero al mismo tiempo las hace preciosas, decisivas. La relación con el Dios que viene a visitarnos da a cada gesto, a cada cosa una luz diversa, una profundidad, un valor simbólico.
    Desde esta perspectiva llega también una invitación a la sobriedad, a no ser dominados por las cosas de este mundo, por las realidades materiales, sino más bien a gobernarlas. Si por el contrario nos dejamos condicionar y dominar por ellas, no podemos percibir que hay algo mucho más importante: nuestro encuentro final con el Señor, y esto es importante. Ese, ese encuentro. Y las cosas de cada día deben tener ese horizonte, deben ser dirigidas a ese horizonte. Este encuentro con el Señor que viene por nosotros. En aquel momento, como dice el Evangelio, «estarán dos en el campo: uno es tomado, el otro dejado» (v. 40). Es una invitación a la vigilancia, porque no sabiendo cuando Él vendrá, es necesario estar preparados siempre para partir.
    En este tiempo de Adviento estamos llamados a ensanchar los horizontes de nuestro corazón, a dejarnos sorprender por la vida que se presenta cada día con sus novedades. Para hacer esto es necesario aprender a no depender de nuestras seguridades, de nuestros esquemas consolidados, porque el Señor viene a la hora que no nos imaginamos. Viene para presentarnos una dimensión más hermosa y más grande.
    Que Nuestra Señora, Virgen del Adviento, nos ayude a no considerarnos propietarios de nuestra vida, a no oponer resistencia cuando el Señor viene para cambiarla, sino a estar preparados para dejarnos visitar por Él, huésped esperado y grato, aunque desarme nuestros planes.
    13 min
  • Jesucristo, Rey del Universo: El "hoy" de Jesús a la renovacion integral.
    La solemnidad de Cristo Rey, nos permite contemplar a Cristo como rey del universo. Finaliza el año litúrgico, un tiempo en el que vivimos todas las etapas de la vida de Jesús, compartimos su enseñanza, meditamos en torno a su sacrifico, vivimos la gracia de su resurrección, y nos llenamos de su Espíritu Santo.
    Así como era el rey para los pueblos que tuvieron monarquías, así debe ser Cristo para cada persona. Jesús, como rey, nos ha dado su vida para salvarnos de la muerte eterna, con su muerte de cruz ha perdonado nuestros pecados y nos ha dado la gracia.
    Pero también, como todo rey, nos exige fidelidad, nos exige exclusividad, que no tengamos otros reyes, que no tengamos otros dioses. Ese es el significado fundamental de la solemnidad de Cristo Rey, celebrar la centralidad de nuestro salvador en nuestras vidas.
    La naturaleza de nuestro Rey Jesús la vemos cuando está en el suplicio de la cruz, que es el trozo del evangelio propuesto hoy. Uno de los condenados con él, el que llamamos «el buen ladrón», recrimina la poca fe del otro condenado y le pide a Jesús la gracia de ir a su reino.
    A pesar de estar en el mismo suplicio, en la misma prueba, ve en el otro crucificado a su Dios y Rey. Y por supuesto Jesús demuestra que la clave de ir a su reino está en el reconocimiento de él como nuestro Dios y en el reconocimiento de su bondad que nos perdona. El paraíso es eso, sentir que estamos cerca de Jesús y que recibimos en abundancia su amor y su misericordia por toda la eternidad.
    Este final del año litúrgico se nos invita a que pongamos en el Centro a Cristo, como nuestro rey, como nuestro soberano. A que abramos nuestro corazón a su gracia, y a que seamos sus testigos en este mundo.
    17 min
  • Domingo XXXIII T.O: ¿Testigos de Esperanza o Profeta de Calamidades?
    Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
    El pasaje evangélico de hoy (Lc 21, 5—19) contiene la primera parte del discurso de Jesús sobre los últimos tiempos, en la redacción de san Lucas. Jesús lo pronuncia mientras se encuentra ante el templo de Jerusalén y toma inspiración en las expresiones de admiración de la gente por la belleza del santuario y sus decoraciones (cf v. 5). Entonces Jesús dice: «Esto que veis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no será derruida» (v. 6). ¡Podemos imaginar el efecto de estas palabras sobre los discípulos de Jesús! Pero Él no quiere ofender al templo, sino hacerles entender, a ellos y también a nosotros hoy, que las construcciones humanas, incluso las más sagradas, son pasajeras y no hay que depositar nuestra seguridad en ellas. En nuestra vida ¡Cuántas presuntas certezas pensábamos que fuesen definitivas y después se revelaron efímeras! Por otra parte, ¡cuántos problemas nos parecían sin salida y luego se superaron!
    Jesús también sabe que siempre hay quien especula sobre la necesidad humana de seguridad. Por eso dice: «no os dejéis engañar» (v. 8), y pone en guardia ante los muchos falsos mesías que se habrían presentado (v. 9). ¡Hoy también los hay! Y añade no dejarse aterrorizar y desorientar por guerras, revoluciones y calamidades, porque esas también forman parte de las realidades de este mundo (cf vv. 10-11). La historia de la Iglesia es rica de ejemplos de personas que han soportado tribulaciones y sufrimientos terribles con serenidad, porque tenían la conciencia de estar seguros en las manos de Dios. Él es un Padre fiel, es un Padre primoroso, que no abandona a sus hijos. ¡Dios no nos abandona nunca! Esta certeza debemos tenerla en el corazón: ¡Dios no nos abandona nunca! Permanecer firmes en el Señor, en la certeza de que Él no nos abandona, caminar en la esperanza, trabajar para construir un mundo mejor, no obstante las dificultades y los acontecimientos tristes que marcan la existencia personal y colectiva, es lo que cuenta de verdad; es lo que la comunidad cristiana está llamada a hacer para salir al encuentro del «día del Señor». Precisamente en esta perspectiva queremos situar el compromiso que surge de estos meses en los cuales hemos vivido con fe el Jubileo Extraordinario de la Misericordia, que hoy se concluye en las Diócesis de todo el mundo con el cierre de las Puertas Santas en las iglesias catedrales. El Año Santo nos ha exigido, por una parte, tener la mirada fija hacia el cumplimiento del Reino de Dios, y por otra, a construir el futuro sobre esta tierra, trabajando para evangelizar el presente, y así hacerlo un tiempo de salvación para todos.
    Jesús en el Evangelio nos exhorta a tener fija en la mente y en el corazón la certeza de que Dios guía nuestra historia y conoce el fin último de las cosas y de los eventos. Bajo la mirada misericordiosa del Señor se descubre la historia en su fluir incierto y en su entramado de bien y de mal. Pero todo aquello que sucede está conservado en Él; nuestra vida no se puede perder porque está en sus manos. Recemos a la Virgen María para que nos ayude a través de los acontecimientos felices y tristes de este mundo, a mantener firme la esperanza de la eternidad y del Reino de Dios. Recemos a la Virgen María, para que nos ayude a entender profundamente esta verdad: ¡Dios nunca abandona a sus hijos!
    16 min

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