Buceando el Evangelio

Buceando el Evangelio

By Jesús Rodrigo RodrigoReligion & Spirituality
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Buceando el Evangelio episodes

  • Viernes Santo: Mirar al Crucificado.
    Hoy celebramos el primer día del Triduo Pascual. Por tanto, es el día de la Cruz victoriosa, desde donde Jesús nos dejó lo mejor de Él mismo: María como madre, el perdón —también de sus verdugos— y la confianza total en Dios Padre.
    Lo hemos escuchado en la lectura de la Pasión que nos transmite el testimonio de san Juan, presente en el Calvario con María, la Madre del Señor y las mujeres. Es un relato rico en simbología, donde cada pequeño detalle tiene sentido. Pero también el silencio y la austeridad de la Iglesia, hoy, nos ayudan a vivir en un clima de oración, bien atentos al don que celebramos.
    Ante este gran misterio, somos llamados —primero de todo— a ver. La fe cristiana no es la relación reverencial hacia un Dios lejano y abstracto que desconocemos, sino la adhesión a una Persona, verdadero hombre como nosotros y, a la vez, verdadero Dios. El “Invisible” se ha hecho carne de nuestra carne, y ha asumido el ser hombre hasta la muerte y una muerte de cruz. Pero fue una muerte aceptada como rescate por todos, muerte redentora, muerte que nos da vida. Aquellos que estaban ahí y lo vieron nos transmitieron los hechos y, al mismo tiempo, nos descubren el sentido de aquella muerte.
    Ante este hecho, nos sentimos agradecidos y admirados. Conocemos el precio del amor: «Nadie tiene mayor amor que el de dar la vida por sus amigos» (Jn 15,13). La oración cristiana no es solamente pedir, sino —antes de nada— admirar agradecidos.
    Jesús, para nosotros, es modelo que hay que imitar, es decir, reproducir en nosotros sus actitudes. Hemos de ser personas que aman hasta llegar a ser un don para los demás, que confiamos en el Padre en toda adversidad.
    Esto contrasta con la atmósfera indiferente de nuestra sociedad; por eso, nuestro testimonio tiene que ser más valiente que nunca, ya que la donación de Cristo es para todos. Como dice Melitón de Sardes, «Este es el que nos sacó de la servidumbre a la libertad, de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida. Él es la Pascua de nuestra salvación».
    14 min
  • Jueves Santo: Dejarse lavar los pies.
    oy recordamos aquel primer Jueves Santo de la historia, en el que Jesucristo se reúne con sus discípulos para celebrar la Pascua. Entonces inauguró la nueva Pascua de la nueva Alianza, en la que se ofrece en sacrificio por la salvación de todos.
    En la Santa Cena, al mismo tiempo que la Eucaristía, Cristo instituye el sacerdocio ministerial. Mediante éste, se podrá perpetuar el sacramento de la Eucaristía. El prefacio de la Misa Crismal nos revela el sentido: «Él elige a algunos para hacerlos partícipes de su ministerio santo; para que renueven el sacrificio de la redención, alimenten a tu pueblo con tu Palabra y lo reconforten con tus sacramentos».
    Y aquel mismo Jueves, Jesús nos da el mandamiento del amor: «Amaos unos a otros como yo os he amado» (Jn 13,34). Antes, el amor se fundamentaba en la recompensa esperada a cambio, o en el cumplimiento de una norma impuesta. Ahora, el amor cristiano se fundamenta en Cristo. Él nos ama hasta dar la vida: ésta ha de ser la medida del amor del discípulo y ésta ha de ser la señal, la característica del reconocimiento cristiano.
    Pero, el hombre no tiene capacidad para amar así. No es simplemente fruto de un esfuerzo, sino don de Dios. Afortunadamente, Él es Amor y —al mismo tiempo— fuente de amor, que se nos da en el Pan Eucarístico.
    Finalmente, hoy contemplamos el lavatorio de los pies. En actitud de siervo, Jesús lava los pies de los Apóstoles, y les recomienda que lo hagan los unos con los otros (cf. Jn 13,14). Hay algo más que una lección de humildad en este gesto del Maestro. Es como una anticipación, como un símbolo de la Pasión, de la humillación total que sufrirá para salvar a todos los hombres.
    El teólogo Romano Guardini dice que «la actitud del pequeño que se inclina ante el grande, todavía no es humildad. Es, simplemente, verdad. El grande que se humilla ante el pequeño es el verdaderamente humilde». Por esto, Jesucristo es auténticamente humilde. Ante este Cristo humilde nuestros moldes se rompen. Jesucristo invierte los valores meramente humanos y nos invita a seguirlo para construir un mundo nuevo y diferente desde el servicio.
    15 min
  • Domingo de Ramos: Hosanna al Hijo de David.
    Hoy se nos invita a contemplar el estilo de la realeza de Cristo salvador. Jesús es Rey, y —precisamente— en el último domingo del año litúrgico celebraremos a Nuestro Señor Jesucristo Rey del universo. Sí, Él es Rey, pero su reino es el «Reino de la verdad y la vida, el Reino de la santidad y la gracia, el Reino de la justicia, el amor y la paz» (Prefacio de la Solemnidad de Cristo Rey). ¡Realeza sorprendente! Los hombres, con nuestra mentalidad mundana, no estamos acostumbrados a eso.
    Un Rey bueno, manso, que mira al bien de las almas: «Mi Reino no es de este mundo» (Jn 18,36). Él deja hacer. Con tono despectivo y de burla, «‘¿Eres tú el rey de los judíos?’. Jesús respondió: ‘Tú lo dices’» (Mt 27,11). Más burla todavía: Jesús es parangonado con Barrabás, y la ciudadanía ha de escoger la liberación de uno de los dos: «¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías?» (Mt 27,17). Y… ¡prefieren a Barrabás! (cf. Mt 27,21). Y… Jesús calla y se ofrece en holocausto por nosotros, ¡que le juzgamos!
    Cuando poco antes había llegado a Jerusalén, con entusiasmo y sencillez, «la gente, muy numerosa, extendió sus mantos por el camino; otros cortaban ramas de los árboles y las tendían por el camino. Y la gente que iba delante y detrás de él gritaba: ‘¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!’» (Mt 21,8-9). Pero, ahora, esos mismos gritan: «‘Que lo crucifiquen’. Pilato insistió: ‘Pues, ¿qué mal ha hecho?’. Pero ellos gritaban más fuerte: ‘¡Que lo crucifiquen!’» (Mt 27, 22-23). «‘¿A vuestro Rey voy a crucificar?’ Replicaron los sumos sacerdotes: ‘No tenemos más rey que el César’» (Jn 19,15).
    Este Rey no se impone, se ofrece. Su realeza está impregnada de espíritu de servicio. «No viene para conquistar gloria, con pompa y fastuosidad: no discute ni alza la voz, no se hace sentir por las calles, sino que es manso y humilde (…). No echemos delante de Él ni ramas de olivo, ni tapices o vestidos; derramémonos nosotros mismos al máximo posible» (San Andrés de Creta, obispo).
    12 min
  • V Domingo Cuaresma: Resurreción y Vida.
    Hoy, la Iglesia llega a las puertas de la Semana Santa. De aquí a pocos días celebraremos el acontecimiento más importante de la historia: Jesús, Dios hecho hombre, se entrega a la Pasión para perdonar los pecados de todos los tiempos. Pero esta ofrenda de su vida no acaba en la muerte. Con la Resurrección, Cristo nos introduce en la vida divina, nos hace participar de la comunión personal con la Trinidad. Y, porque Jesús ha resucitado, nosotros somos verdaderamente hijos de Dios. El Evangelio de hoy nos introduce en ello con la resurrección de Lázaro.
    Ciertamente, la situación de este pasaje es dramática. Porque Lázaro, el íntimo amigo de Jesús, cae enfermo y muere. Y, aunque el Señor está impactado hasta el punto de que «se echó a llorar» (Jn 11,35), no ha evitado su muerte. Él, que tantos milagros ya había obrado, no salva a su gran amigo.
    Esta paradoja nos muestra cómo actúa Dios: Él siempre está a nuestro lado. Incluso, cuando vienen mal dadas, Jesús llora porque no es insensible a nuestro sufrimiento. Como hizo con Lázaro.
    Mejor aún, los sufrimientos pueden unirnos más a Dios. La muerte de Lázaro no es agradable para Jesús, pero la acepta para que «el Hijo de Dios sea glorificado por ella» (Jn 11,4). Y con nosotros sucede lo mismo. A Dios no le gusta vernos sufrir, pero se sirve de nuestras dificultades para darnos su vida. Lo explica el santo Padre León XIV cuando dice que «Él es quien cura nuestras heridas; Él es quien cuida de nosotros. En los momentos de oscuridad, aun contra toda evidencia, Dios no nos deja solos; al contrario, precisamente en esas circunstancias estamos llamados más que nunca a esperar en su cercanía de Salvador que nunca abandona».
    Es cierto que hay un punto misterioso en todo eso que no acabamos de comprender. Conviene que nos fijemos en la Madre de Dios. Ninguna madre desea ni entiende el sufrimiento de su hijo. Sin embargo, Ella permaneció al pie de la Cruz.
    15 min
  • IV Domingo Cuaresma: Restaurar lo deteriorado.
    Hoy, cuarto domingo de Cuaresma —llamado domingo “alegraos”— toda la liturgia nos invita a experimentar una alegría profunda, un gran gozo por la proximidad de la Pascua.
    Jesús fue causa de una gran alegría para aquel ciego de nacimiento a quien otorgó la vista corporal y la luz espiritual. El ciego creyó y recibió la luz de Cristo. En cambio, aquellos fariseos, que se creían en la sabiduría y en la luz, permanecieron ciegos por su dureza de corazón y por su pecado. De hecho, «No creyeron los judíos que aquel hombre hubiera sido ciego, hasta que llamaron a los padres del que había recobrado la vista» (Jn 9,18).
    ¡Cuán necesaria nos es la luz de Cristo para ver la realidad en su verdadera dimensión! Sin la luz de la fe seríamos prácticamente ciegos. Nosotros hemos recibido la luz de Jesucristo y hace falta que toda nuestra vida sea iluminada por esta luz. Más aun, esta luz ha de resplandecer en la santidad de la vida para que atraiga a muchos que todavía la desconocen. Todo eso supone conversión y crecimiento en la caridad. Especialmente en este tiempo de Cuaresma y en esta última etapa. San León Magno nos exhorta: «Si bien todo tiempo es bueno para ejercitarse en la virtud de la caridad, estos días de Cuaresma nos invitan a hacerlo de manera más urgente».
    Sólo una cosa nos puede apartar de la luz y de la alegría que nos da Jesucristo, y esta cosa es el pecado, el querer vivir lejos de la luz del Señor. Desgraciadamente, muchos —a veces nosotros mismos— nos adentramos en este camino tenebroso y perdemos la luz y la paz. San Agustín, partiendo de su propia experiencia, afirmaba que no hay nada más infeliz que la felicidad de aquellos que pecan.
    La Pascua está cerca y el Señor quiere comunicarnos toda la alegría de la Resurrección. Dispongámonos para acogerla y celebrarla. «Vete, lávate» (Jn 9,7), nos dice Jesús… ¡A lavarnos en las aguas purificadoras del sacramento de la Penitencia! Ahí encontraremos la luz y la alegría, y realizaremos la mejor preparación para la Pascua.
    14 min
  • III Domingo Cuaresma: Dejarse "rellenarnos" de agua viva.
    Hoy, como en aquel mediodía en Samaría, Jesús se acerca a nuestra vida, a mitad de nuestro camino cuaresmal, pidiéndonos como a la Samaritana: «Dame de beber» (Jn 4,7). «Su sed material —nos dice san Juan Pablo II— es signo de una realidad mucho más profunda: manifiesta el ardiente deseo de que, tanto la mujer con la que habla como los demás samaritanos, se abran a la fe».
    El Prefacio de la celebración eucarística de hoy nos hablará de que este diálogo termina con un trueque salvífico en donde el Señor, «(...) al pedir agua a la Samaritana, ya había infundido en ella la gracia de la fe, y si quiso estar sediento de la fe de aquella mujer, fue para encender en ella el fuego del amor divino».
    Ese deseo salvador de Jesús vuelto “sed” es, hoy día también, “sed” de nuestra fe, de nuestra respuesta de fe ante tantas invitaciones cuaresmales a la conversión, al cambio, a reconciliarnos con Dios y los hermanos, a prepararnos lo mejor posible para recibir una nueva vida de resucitados en la Pascua que se nos acerca.
    «Yo soy, el que te está hablando» (Jn 4,26): esta directa y manifiesta confesión de Jesús acerca de su misión, cosa que no había hecho con nadie antes, muestra igualmente el amor de Dios que se hace más búsqueda del pecador y promesa de salvación que saciará abundantemente el deseo humano de la Vida verdadera. Es así que, más adelante en este mismo Evangelio, Jesús proclamará: «Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que crea en mí», como dice la Escritura: ‘De su seno correrán ríos de agua viva’» (Jn 7,37b-38). Por eso, tu compromiso es hoy salir de ti y decir a los hombres: «Venid a ver a un hombre que me ha dicho…» (Jn 4,29).
    16 min
  • II Domingo Cuaresma: El "Spoiler" de Dios.
    Hoy, iniciada la Cuaresma, la liturgia de la Palabra nos invita a contemplar el misterio de la Transfiguración del Señor: «Jesús (…) los lleva aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos» (Mt 17,1-2), una experiencia que ellos no olvidarán (cf., por ejemplo, 2Pe 1,16-19). Que Cristo nos transforma la vida, es una experiencia de la que, poco o mucho, todos podemos dar testimonio. Tantas veces el Señor nos da vida haciendo que pequeños gestos de nuestra existencia ordinaria se transformen en hechos extraordinarios.
    Tantas veces nuestras oraciones y peticiones se hacen realidad y nos sorprenden, como la presencia resplandeciente de Jesús, que hoy deja boquiabiertos a Pedro, Santiago y Juan. Porque Jesús es la revelación del amor del Padre en nosotros. Y, entonces, podemos hacer nuestras las palabras de Simón Pedro: «Señor, bueno es estarnos aquí» (Mt 17,4).
    Pero, acto seguido, el Padre nos invita a tomar una actitud que tanto nos cuesta poner en práctica: «Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle» (Mt 17,5). En varias ocasiones el Papa León XIV nos ha hecho la reflexión de que «Cristo transforma la vida y nos llama a escucharlo». Esta es la clave de la Transfiguración: escuchar al Hijo de Dios. Escuchar a la Palabra… significa también prestar atención a nuestros pastores, escuchar al hijo o la hija con inquietudes, o a aquella persona que vive en soledad o desesperación, o al enfermo… y, sobre todo, escuchar a nuestro corazón en oración, desde donde el Señor nos habla.
    «Levantaos, no tengáis miedo» (Mt 17,7), les dice Jesucristo inmediatamente. La Transfiguración es también un anticipo de la Resurrección. Nos recuerda que, tras la cruz, está la Gloria. En los momentos de oscuridad, enfermedad o sufrimiento, esta escena nos da esperanza: la última palabra no la tiene el dolor, sino la luz. Ojalá que esta actitud de sorpresa, esperanza y escucha nos acompañe especialmente en esta segunda semana de Cuaresma.
    13 min
  • I Domingo Cuaresma: 3 tentaciones, 3 soluciones.
    Hoy, hermanos, el Evangelio nos lleva al desierto: «Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo» (Mt 4,1). No es un paseo espiritual; es el lugar donde se desenmascaran nuestras dependencias. El tentador empieza por lo básico: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes» (Mt 4,3). La propuesta parece razonable: resolver la necesidad ya. Pero Jesús responde con una libertad que nace de la confianza: «No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4,4).
    La segunda tentación es más sutil: buscar a Dios como espectáculo, obligándolo a probarse. También a nosotros nos tienta una “fe de pruebas”: si me respondes, creo; si no, me cierro. Jesús no negocia con el Padre ni manipula lo sagrado.
    Y, cuando llega la tercera tentación (poder, control, éxito…), el Señor corta de raíz: «Apártate, Satanás» (Mt 4,10), y fija el centro de la vida: «Al Señor tu Dios adorarás y sólo a Él darás culto». Esta frase es medicina para una cultura que nos empuja a vivir para el aplauso, el consumo y la autosuficiencia.
    Esta Cuaresma no es para soportar cuarenta días, sino para aprender la libertad de Jesús. Ayuna para que tu corazón deje de obedecer a lo inmediato. Reza para escuchar la Palabra que te sostiene. Y, si te descubres intranquilo, recuerda a san Agustín: «Nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti». Como ha dicho el Papa León XIV: «Dios nos quiere, Dios los ama a todos, ¡y el mal no prevalecerá!».
    El Evangelio termina con una promesa: «Entonces el diablo le deja. Y he aquí que se acercaron unos ángeles y le servían» (Mt 4,11). Caminemos sin miedo: el desierto no es la última palabra; es el camino hacia una adoración más pura que nos hace libres.
    14 min
  • VI Domingo T.O: Dar plenitud a la Palabra.
    Hoy, Jesús nos dice «No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento» (Mt 5,17). ¿Qué es la Ley? ¿Qué son los Profetas? Por Ley y Profetas, se entienden dos conjuntos diferentes de libros del Antiguo Testamento. La Ley se refiere a los escritos atribuidos a Moisés; los Profetas, como el propio nombre lo indica, son los escritos de los profetas y los libros sapienciales.
    En el Evangelio de hoy, Jesús hace referencia a aquello que consideramos el resumen del código moral del Antiguo Testamento: los mandamientos de la Ley de Dios. Según el pensamiento de Jesús, la Ley no consiste en principios meramente externos. No. La Ley no es una imposición venida de fuera. Todo lo contrario. En verdad, la Ley de Dios corresponde al ideal de perfección que está radicado en el corazón de cada hombre. Esta es la razón por la cual el cumplidor de los mandamientos no solamente se siente realizado en sus aspiraciones humanas, sino también alcanza la perfección del cristianismo, o, en las palabras de Jesús, alcanza la perfección del reino de Dios: «El que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos» (Mt 5,19).
    «Pues yo os digo» (Mt 5,22). El cumplimiento de la ley no se resume en la letra, visto que “la letra mata, pero el espíritu vivifica” (2Cor 3,6). Es en este sentido que Jesús empeña su autoridad para interpretar la Ley según su espíritu más auténtico. En la interpretación de Jesús, la Ley es ampliada hasta las últimas consecuencias: el respeto por la vida está unido a la erradicación del odio, de la venganza y de la ofensa; la castidad del cuerpo pasa por la fidelidad y por la indisolubilidad, la verdad de la palabra dada pasa por el respeto a los pactos. Al cumplir la Ley, Jesús «manifiesta con plenitud el hombre al propio hombre, y a la vez le muestra con claridad su altísima vocación» (Concilio Vaticano II).
    El ejemplo de Jesús nos invita a aquella perfección de la vida cristiana que realiza en acciones lo que se predica con palabras.
    16 min
  • V Domingo T.O: Ser SAL y LUZ del Mundo.
    Hoy, el Evangelio nos hace una gran llamada a ser testimonios de Cristo. Y nos invita a serlo de dos maneras, aparentemente, contradictorias: como la sal y como la luz.
    La sal no se ve, pero se nota; se hace gustar, paladear. Hay muchas personas que “no se dejan ver”, porque son como “hormiguitas” que no paran de trabajar y de hacer el bien. A su lado se puede paladear la paz, la serenidad, la alegría. Tienen —como está de moda decir hoy— “buenas radiaciones”.
    La luz no se puede esconder. Hay personas que “se las ve de lejos”: Santa Teresa de Calcuta, el Papa, el Párroco de un pueblo. Ocupan puestos importantes por su liderazgo natural o por su ministerio concreto. Están “encima del candelero”. Como dice el Evangelio de hoy, «en la cima de un monte» o en «el candelero» (cf. Mt 5,14.15).
    Todos estamos llamados a ser sal y luz. Jesús mismo fue “sal” durante treinta años de vida oculta en Nazaret. Dicen que san Luis Gonzaga, mientras jugaba, al preguntarle qué haría si supiera que al cabo de pocos momentos habría de morir, contestó: «Continuaría jugando». Continuaría haciendo la vida normal de cada día, haciendo la vida agradable a los compañeros de juego.
    A veces estamos llamados a ser luz. Lo somos de una manera clara cuando profesamos nuestra fe en momentos difíciles. Los mártires son grandes lumbreras. Y hoy, según en qué ambiente, el solo hecho de ir a misa ya es motivo de burlas. Ir a misa ya es ser “luz”. Y la luz siempre se ve; aunque sea muy pequeña. Una lucecita puede cambiar una noche.
    Pidamos los unos por los otros al Señor para que sepamos ser siempre sal. Y sepamos ser luz cuando sea necesario serlo. Que nuestro obrar de cada día sea de tal manera que viendo nuestras buenas obras la gente glorifique al Padre del cielo (cf. Mt 5,16).
    13 min

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