La palabra burocracia suscita, con frecuencia, reacciones inmediatas de fastidio,
desconfianza o resignación. Evoca colas interminables, formularios incomprensibles,
funcionarios impasibles y reglas que parecen diseñadas para obstaculizar más que para
servir. Sin embargo, detrás de este estereotipo —tan extendido como incompleto— se
esconde una de las instituciones más fundamentales de la gobernanza moderna. La
burocracia no es un accidente histórico ni un mal necesario; es, en muchos sentidos, la
columna vertebral del Estado contemporáneo, el mecanismo que permite que las leyes
se apliquen de manera uniforme, que los impuestos se recauden de forma previsible y
que los derechos sociales se hagan efectivos más allá de la discrecionalidad de quienes
gobiernan en un momento dado.