Era una mañana muy fría en Madrid y estaba algo nervioso. La plaza de Santa Ana, como siempre, a la espera de que García Lorca vuelva a escribir; yo estaba allí. En unos minutos, una de las mejores Dramaturgas de España, según la crítica especializada, vendría y se sentaría a tomar un café, conmigo. Mi grabadora esperaba también, en silencio, sin dejar de mirarme, sobre la mesa. Mi hijo había estado toda la noche tosiendo y estaba muy cansado, casi cancelo este encuentro. Esa situación podría haberme quitado algo de actitud, pero no debería. Mi aptitud debía primar. Las palabras de Nacho, en el anterior Episodio, retumbaban en mi cabeza: “no hay nada peor que un mediocre”.
Carolina Román, pensando quizás en su Formosa natal o en si yo era argentino o uruguayo, llegó emitiendo su atractiva “luz” y a partir de ese instante, supe que sería una conversación muy agradable, rica y sin desperdicios. Y lo fue.