Crecer cuando hemos crecido, volver a nacer después de haber nacido, nos convierte en seres dotados de grandeza y espíritu guerrero, pero sin escudos ni espadas; nos convierte en seres dispuestos a vivir, que se dejan la piel en el camino. Si nuestras diminutas células no se resisten a regenerarse, ¿cómo no lo van a hacer un corazón y una mente valientes que aceptan los azares de la vida?