Ponemos el acento en lo que no nos gustó y obviamos por ejemplo los cuidados que recibíamos cuando estábamos enfermos. Además, esas enfermedades infantiles nos hacían crecer en estatura, a lo alto. Dedica un instante a evocar esas situaciones… Si pusiéramos el acento en los buenos recuerdos, tendríamos la oportunidad de hacer crecer el verbo honrar, pues creceríamos en respeto, en agradecimiento, en amor.