A menudo escuchamos a la gente decir en entrevistas, redes sociales o intimidades que lo único que no toleran es la mentira. Qué mala fama tiene esta artimaña que al final todes utilizamos. A veces mentimos para no herir a otros, como cuando fingimos orgasmos o no le decimos a esa persona que queremos que se ve como el hoyo con ese nuevo look. Otras veces mentimos por vergüenza, negando nuestra identidad para encajar en un mundo hecho a la medida capitalista de modelos inexistentes. También están las mentiras de sinvergüenzas, que es distinta a las mentiras de gente mala. Las de sinvergüenzas terminan con una cierta admiración por el talento de engatusar a extraños, los de maldad terminan con muertes y persona o países destruidos. Tenemos mentiras epocales y narrativas que le dan sentido a vivir o manipulan masas. La fidelidad en lo privado y la transparencia en lo cívico parecen ser la antítesis de la mentira. Pero en un mundo donde nadie encaja, ¿vale la pena moralizar la verdad por sobre la mentira? Si al final, en esta sociedad del espectáculo, la verdad y la mentira son ilusiones...