Estoy hinchada porque me enguaté, así tal cual. Comí cuando ya no tenía más hambre, solo por placer. Ahora que lo pienso bien, no recuerdo cuando fue la última vez que comí por necesidad y no por goce, aburrimiento, soledad o premio. La comida dejó hace milenios de ser estrictamente una necesidad básica. Es también ritual, cultura y política. Es estado de ánimo, época y guerra. Es intimidad e historia de la humanidad a la vez. Somos la única especie que prepara su alimento, complejizamos lo que la naturaleza nos dio en bruto y sin merecimiento. Somos la única especie que compra comida y la bota, la única especie que asocia la comida al sentido de la vista a veces por sobre el gusto, la única especie que come para recordar a quienes ya no están, la única especie que teniendo alimento observa de lejos la hambruna... Somos raros los humanos y hemos secuestrado el alimento para impregnarlo de nuestras rarezas. Una tía cree que es normal tener gastritis hace 10 años, todo esto porque es incapaz de dejar el café y la harina blanca. La comida es como una droga. Pero no puedo ser tan escueta y omitir que también es arte, es sublime, es una expresión de condición humana extrema, una orquesta de texturas y sabores que traspasan generaciones a través de recetas caseras que armonizan como una sinfónica. Además es ciencia, tecnología y todo aquello que nos ha sofisticado y alejado para bien o mal de las leyes de la naturaleza. Hoy en Pero Qué Necesidad escarbamos en la historia cultural de la comida, que un poco termina siendo la historia misma del ser humano.