Desde que somos pequeños, la familia se convierte en el primer espejo donde aprendemos a vernos. Antes de que entendamos el mundo, ya estamos absorbiendo gestos, palabras, silencios, formas de amar y también formas de sobrevivir. La familia moldea nuestra manera de pensar, de sentir, de reaccionar, incluso antes de que tengamos conciencia de ello. Y lo más profundo es que muchas de esas huellas se quedan grabadas en nuestro interior sin que lo notemos. A veces, lo que creemos que es “nuestra personalidad” es simplemente una respuesta aprendida, una adaptación, una forma de protegernos o de encajar. Por eso, hablar de identidad sin hablar de familia es como intentar entender un libro empezando por la mitad. La familia es el prólogo de nuestra historia, y aunque no define el final, sí marca los primeros trazos de quién creemos que somos.