Séneca llega a Bayas, el destino de vacaciones más deseado de la Roma imperial, y se marcha al día siguiente. Antes se ha permitido una broma con Lucilio, que desde Sicilia tiene cerca el Etna: mientras uno presume de volcán, el otro se conforma con la playa de moda del Imperio. Pero bajo la ironía hay una decisión seria. Bayas tenía fama de balneario de lujo y fama de antro de vicio a partes iguales, y Séneca no se queda a comprobar cuál de las dos ganaba esa noche.
De esa huida nace una reflexión sobre algo que rara vez nos detenemos a pensar: el entorno no es neutro. Hay lugares que, sin obligarnos a nada, nos conceden permiso para bajar la guardia. Séneca lo ilustra con Aníbal, el general invencible en el campo de batalla que salió debilitado de un invierno de comodidades en Campania, y lo contrapone a quienes, como Escipión en su exilio austero o los grandes generales romanos que construyeron sus villas en lo alto de las colinas y no junto al vicio, entendieron que el carácter también se defiende eligiendo bien el terreno. De ahí extrae su definición de libertad: no depender de ninguna necesidad, de ningún azar, de ninguna circunstancia para seguir siendo quien se ha decidido ser.
Casi dos mil años después, seguimos rodeados de nuestras propias Bayas: entornos diseñados, sin que lo notemos, para que cedamos un poco más de lo que cederíamos en otro lugar. Séneca cierra la carta con una imagen que no ha envejecido nada: los placeres, dice, abrazan igual que esos bandidos que estrechan a su víctima solo para poder estrangularla. Un buen motivo para preguntarse, de vez en cuando, de qué sitios conviene marcharse al día siguiente de llegar.
Para la elaboración de este episodio se han empleado herramientas de inteligencia artificial, tanto en la narración como en parte de la redacción del guion, siempre bajo mi revisión y criterio editorial.