Que el Señor llene de alegría sus vidas.
Todos soñamos con la felicidad.
Pero no todos la buscan donde se encuentra realmente.
Hay algunos muy astutos que preguntan a la persona correcta:
¡Son los santos! Y ellos preguntan a Dios, quien siempre les da la respuesta correcta:
Junto a Él está la felicidad.
Qué bueno compartir con ustedes otro episodio del Catálogo Divino.
Conozcamos a los santos que en este primer día de septiembre, nos inspiran a seguir adelante en nuestro camino hacia la felicidad plena.
Santa Abigail, esposa del rey David; San Arturo de Irlanda, Mártir; San Constancio de Aquino, obispo; San Egidio, monje; san Josué, siervo del Señor;
San Gil de Casaio, monje; santos Vicente y Leto, mártires; San Lupo de Sens, obispo; Beato Alfonso Sebastiá Viñals, presbítero y mártir;
Beato Cristino Roca Huguet y once compañeros, mártires, Beata Juana Soderini, virgen y Beata Juliana de Collalto, abadesa.
En este día nos sorprende la santidad de una religiosa que, cultivando una piedad y una verdadera autenticidad en su vida consagrada, dio un excelente testimonio de fe y desprendimiento de los goces de este mundo para alcanzar el cielo.
Ella es la beata Juana Soderini.
Señor y Dios nuestro, que derramaste abundantemente los frutos de tu Espíritu sobre la beata Juana Soderini, y la elegiste para servir a los enfermos, concédenos, por su intercesión y su ejemplo, crecer en tu amor y en el de nuestro prójimo. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
Juana demostró su caridad de una manera muy firme y constante por medio de la atención a los enfermos.
La enfermedad en la vida de una persona puede convertirse para ella, e incluso para su familia en una intensa prueba de fe.
Dios no tenía en sus planes que la humanidad sufriera por la enfermedad, pero la consecuencia del rechazo a obedecer su voluntad, abrió la puerta para que el equilibrio de nuestros cuerpos se viera alterado por la corrupción del pecado.
Así, que Jesús, al compartir esta condición humana y frágil, también asumió los rigores de la enfermedad, y sanó con sus llagas estos dolores que a veces pueden abrumarnos y quitarnos la esperanza.
Cada vez que atendemos a un enfermo, acudimos al mismo Jesús, herido por nuestros pecados y debilidades.
Dejar de pensar en nosotros y ocuparnos de aliviar el dolor de otro, puede significar dos grandes bendiciones:
Una, nos cura del egoísmo y el aislamiento en nosotros mismos para pensar y aliviar el sufrimiento de un hermano
Y segundo, puede abrir la puerta de la esperanza y de restaurar la dignidad y la estima de la persona enferma que, con nuestras atenciones, crece en su voluntad de vivir y aceptar de la mejor manera las limitaciones de su salud.
Recordemos, que el amor es más fuerte que la muerte, y en medio de la enfermedad es la mejor medicina que podemos recibir.
Seamos atentos y generosos con aquellos que nos necesitan y reconozcamos en la enfermedad, no un castigo, sino una oportunidad para vivir el amor fraterno y el amor a Dios, en su más pura y excelente versión.
Y para aquellos que sufren por la enfermedad, pensemos que aunque nos duela el cuerpo, puede ser que la enfermedad haga brillar con más intensidad la belleza de nuestras almas.