Imagina el mundo sin hormigón. No hay rascacielos, ni puentes colgantes, ni autopistas que
atraviesan continentes. Tampoco presas que contienen ríos, aeropuertos que conectan
naciones, ni edificios de viviendas que albergan a millones en megaciudades. Incluso el
suelo bajo tus pies —en una acera, una estación de metro o el sótano de un supermercado—
probablemente esté hecho de una mezcla cuyo ingrediente esencial es, precisamente, el
cemento.