En el verano de 1940, frente al consulado japonés en Kaunas, Lituania, se formó una
fila que crecía cada hora. Hombres con barba y sombrero, mujeres con niños en brazos,
ancianos con maletas atadas con cuerdas. Eran judíos: polacos, lituanos, alemanes,
austríacos. Habían huido del oeste, perseguidos por los nazis; del este, expulsados por
los soviéticos. Estaban atrapados en un rincón de Europa que ya no existía. Sus
pasaportes eran papel mojado. Sus vidas, cuenta regresiva.