homilía jueves 4 octubre 2018 S Francisco de Asís
del libro de Job. 19, 21-27
¡Piedad, piedad de mí, vosotros mis amigos, que es la mano de Dios la que me ha herido!
¿Por qué os cebáis en mí como hace Dios, y no os sentís ya ahítos de mi carne?
¡Ojalá se escribieran mis palabras, ojalá en monumento se grabaran,
y con punzón de hierro y buril, para siempre en la roca se esculpieran!
Yo sé que mi Defensor está vivo, y que él, el último, se levantará sobre el polvo.
Tras mi despertar me alzará junto a él, y con mi propia carne veré a Dios.
Yo, sí, yo mismo le veré, mis ojos le mirarán, no ningún otro. ¡Dentro de mí languidecen mis entrañas!