¿Cómo predicar la Pasión del Señor?Y el mismo teólogo responde: “La sangre y el sacrificio de Jesús deben ser sacados del contesto de satisfacción, para aplacar a Dios, y devueltos a su verdadero contexto, que es el de la revelación, para manifestar el corazón de Dios”.
Jesucristo fue la última Palabra de Dios al mundo, en un intento supremo de revelarnos su corazón de Padre a través de quien mejor lo conocía, su Hijo. Y, si revelar al Padre es lo que Jesús hizo durante toda su vida, ¿no será esto también y sobre todo lo que quiso hacer en el momento de su muerte?
Así es, en realidad, como han contemplado los Evangelistas la Pasión del Señor, con una mirada muy diferente de nosotros. Los relatos de la Pasión, en los Evangelios, suponen una contemplación más teologal que pietista. Teologal quiere decir que los Evangelistas han contemplado la Pasión más en la luz de Dios que en la luz religiosa del hombre, incluso del hombre de estudio, teólogo o jurista. Por eso, la contemplación de la Pasión que nos transmiten los Evangelios, es sobria y no dramática, como muchas veces la presentan los predicadores o la representan en sus obras los artistas.
Tendríamos que preguntarnos: ¿Qué hemos hecho de Jesús: una especie de superhéroe del sufrimiento, en el que hemos querido ver como el límite de lo que nosotros no podemos alcanzar? ¿Quién es Jesús: es ese héroe supremo, que combate contra el sufrimiento y la muerte más horribles, o es el Siervo de Yavé, sin gesto, sin grandilocuencia, que ha entregado su vida al ritmo que las circunstancias le iban marcando, para revelarnos el infinito amor de Dios? ¿Quién es Jesús muriendo en la Cruz: un superman que atraviesa todas las barreras, incluso la barrera de la muerte, o es Rey en majestad humilde, como lo ha visto sobre todo el Evangelista San Juan?
La mirada de los Evangelistas ha sido más teologal que humanizante y jurídica. Lo cual quiere decir que han visto todo desde el lado divino. El misterio de la Humanidad de Jesús es el misterio sobrecogedor que sobrepasa infinitamente la mirada de devoción religiosa humanista y toda precisión teológica o jurídica. Nosotros, quizás por no ser capaces de penetrar hasta el fondo en el misterio de la Cruz, hacemos sentimentalismo o teología aparentemente alta mezclada de justicialismo. Lo cual desvirtúa la mirada contemplativa y teologal de aquel Gran Acontecimiento, que es el núcleo de nuestra fe cristiana: la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo.
Necesitaríamos tener la mirada de María al pie de la Cruz: de pié, como la mujer fuerte, señora de sí misma, silenciosa y contemplando con gran angustia la separación que sufre su Hijo Jesús al verse abandonado del Padre. Y, como María en aquella Hora suprema, actuar nuestra fe y nuestra esperanza, sabiendo que lo que allí está ocurriendo es algo más que el sufrimiento atroz que se ve: la Revelación Suprema de Dios, el Nacimiento de algo Nuevo, la Promesa de Dios por fin cumplida. Tienen mucho que ver entre sí el Nacimiento de Jesús en la Cueva de Belén y su Muerte en la cima del Calvario: lo que entonces comenzó en la hendidura de una roca, aquí llegó a su plenitud en lo alto de otra roca. La única diferencia está en que los poderosos, que allí no acudieron a adorarlo, aquí le estaban crucificando.
María es la que, guardando todo en su corazón (Lc.3,51), une aquellos dos grandes momentos. Pidámosle que nos acompañe en la contemplación de la Últimas Palabras de Jesús. “Palabras esenciales -dice Martín Descalzo- en las que debemos descubrir el sentido de cuanto era y de cuanto había venido a hacer en este mundo, el último y mejor tesoro de su vida. Y de su muerte”.