En una Alemania todavía humeante, todavía hecha ruinas y silencios tras la Segunda Guerra Mundial, aquel 20 de noviembre de 1945 la ciudad de Núremberg se preparaba para un acto sin precedentes. No había desfiles, ni banderas, ni multitudes. Solo un frío cortante y un edificio gris, solemne, que poco a poco se convertía en escenario de una tarea urgente:poner a la justicia por encima de la guerra.