Cuando se menciona la palabra exorcismo, la imaginación popular suele evocar
imágenes cinematográficas: una persona retorciéndose en una cama, con la cabeza
girando 360 grados, voces guturales emergiendo de su garganta y un sacerdote gritando
“¡En nombre de Cristo, te conjuro!” en medio de una habitación iluminada por una sola
vela. Sin embargo, la realidad del exorcismo en la Iglesia católica contemporánea es
radicalmente distinta. Lejos del sensacionalismo, se trata de una práctica litúrgica
regulada, discreta y profundamente enraizada en la teología sacramental de la Iglesia.