Hoy el evangelio será contado de una manera diferente, sobre Fariseos y publicanos… aún caminan nuestras calles (Evangelio según san Lucas 18, 9-14)
Hace algunos años, frente a una de nuestras iglesias en la periferia de Lima, se reunía cada noche una pandilla de jóvenes.
Tenían rostros endurecidos por la calle, por el abandono, por el dolor.
Y sin embargo, bajo esa apariencia, había una necesidad profunda de ser mirados… de ser amados.
El jefe de ese grupo era muy jóven, talvez no llegaba a sus 30 años, una esposa joven y un hijo pequeño.
Había tomado el mando tras la muerte del anterior líder, pero su historia terminó igual: lo mataron.
Esa noche, mientras sus amigos lloraban, bebían y hablaban de revancha, nos hemos acercado a ellos con deseo de hacer presente delante el dolor y uno me dijo:
—Padre… queremos hacer un rezo para él y organizamos la fecha.
Al pasar de los días, algunos fieles, con miedo, otros todavía con el corazón endurecido, me dijeron:
—Padre, aquí no es lugar para ellos…
Esa frase me dolió.
Porque era la misma voz del fariseo del Evangelio de hoy, que se cree justo y desprecia a los demás.
Y pensé en el publicano, que no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo y solo suplicaba:
“Señor, ten compasión de mí, que soy pecador”.
Aquellos chicos eran como ese publicano.
No se sentían dignos… pero tenían sed de Dios.
Celebramos la misa. Ellos entraron con respeto, se sentaron al fondo.
No sabían persignarse, pero sabían hacer un silencio profundo, un silencio de Dios.
Y al final, la esposa del joven preparó comida para todos, como si aquella Eucaristía necesitara prolongarse en pan compartido.
Nadie habló de venganza. Solo de esperanza.
Porque cuando un corazón se siente acogido, descubre que Dios no mira el pasado, sino el deseo de volver a casa.
Y esa noche, en Lima, una pandilla entera volvió al templo… y tengo certeza que el Padre escuchó sus oraciones.