La onda es que por mucho tiempo se nos ha exigido ser perfectos, ser intachables, tener un buen testimonio, no darle a la gente “razón de para hablar mal de nosotros” pero en el proceso nos hemos frustrado, nos hemos agobiado y desilusionado por no alcanzar los standares que la sociedad, que la familia o que la religión nos han marcado.