Cada comienzo de año trae una pregunta silenciosa: ¿cómo quiero vivir lo que viene?
Y enseguida aparecen consejos en las redes con palabras de moda: “reinventarse”, “fluir”, “soltar”.
“Soltar” se ha vuelto una consigna. Se repite como un mantra moderno: Soltar el pasado. Soltar los vínculos. Soltar las cargas. Soltar lo que duele.
Y algo de eso es profundamente verdadero. Hay pesos que asfixian el alma.
Pero toda palabra verdadera, cuando se vacía de discernimiento, se corrompe.
Entonces “soltar” deja de ser libertad y se convierte en excusa.
Porque existe un soltar sano —el del desapego—y existe un soltar banal —el de la huida.
El primero libera. El segundo abandona.
Hoy, muchas veces, “soltar” significa no comprometerse demasiado, no sostener procesos largos, no tolerar frustraciones: Si algo cuesta, se descarta. Si duele, se corta. Si exige tiempo se reemplaza.
Pero eso no es madurez: es fragilidad disfrazada de ligereza.
La vida humana no está hecha solo de desprendimientos. También está hecha de permanencias-
El problema es cuando “soltar” se vuelve excusa para no comprometerse o para abandonar lo que requiere paciencia. No todo lo que duele hay que soltar, porque hay dolores que forman.
Por eso discernir es una forma de lucidez amorosa. Es mirar la propia vida sin autoengaño
La vida no se ordena con un solo verbo, sino con tres: conquistar, conservar y soltar.
Y el nombre del equilibrio entre ellos es discernimiento.
Este sábado 14 de febrero conversamos sobre éste hermoso tema. “ Conquistar, soltar y conservar: tres verbos para conjugar el año”