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Trancefer (1981) es uno de los discos de Schulze que escucho más a menudo. Que yo sepa, no está entre sus obras más esenciales, y en más de un sentido transmite la habitual sensación de que que surge de una de tantas sesiones de improvisación espontáneas a las que Schulze pone nombre y publica como álbum. Pero tiene un sentido del ritmo muy acusado (se encarga de las percusiones Michael Shrieve) y su dinamismo es contagioso. También ayuda el que sea uno de los trabajos más breves del músico berlinés. Breve pero intenso, podríamos decir.