Los conquistadores españoles vieron algo que no supieron nombrar del todo: un hombre al que nadie miraba a los ojos, llevado en andas, cuyo cabello se quemaba ritualmente cada año.
Ese hombre era el Sapan Inka el soberano incaico, un hijo del Sol, un antepasado que nunca terminaba de morir y un cargo cuyo ritual de sucesión sigue siendo, en gran parte, un enigma para lahistoriografía andina.
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