El “ayuno que Dios escogió” no es uno externo o ritual…
es uno que produce un corazón que actúa con la justicia, la misericordia y el amor de Dios.
Dios está diciendo:
“El ayuno que Yo quiero es uno que te transforme para que puedas amar, liberar, servir y hacer el bien como Yo lo haría.”
Porque la verdad es esta:
En nuestra fuerza humana no podemos romper yugos, levantar cargas, sanar, liberar a los oprimidos, ni amar sacrificialmente.
Pero el ayuno nos alinea con el corazón de Dios, y desde ese lugar:
• vemos a las personas de manera diferente,
• respondemos de manera diferente. Amando como Dios ama.
• y actuamos con el poder de Dios, no con el nuestro.
El ayuno no solo nos quita algo; nos da algo de Dios: Su corazón, Su fuerza y Su sensibilidad espiritual.