La alegría es la evidencia de que Dios está trabajando en nuestras vidas. Nuestras respuestas emocionales a Dios varían a veces, y no siempre sentimos la alegría que nos proporciona. Pero cuando constantemente reconocemos su obra, abrazamos sus promesas, y recibimos su perdón, la alegría comienza a brotar, incluso en medio de circunstancias adversas y confusas.