Pastor Eduardo Díaz

Cuando se pierde el temor


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Mateo 4:1–11

Al pensar en la segunda tentación responda las siguientes preguntas. ¿Cuál es el contexto del pasaje citado por el diablo? ¿Cuál es el mensaje implícito en la propuesta diabólica? ¿Qué pasaje escoge Jesús para responder? Lea el contexto de este pasaje e intente discernir lo que había ocurrido en los incidentes mencionados.

El salmo que cita el diablo contiene una serie de promesas. Estas se han dado a aquellos que «habitan al abrigo del Altísimo», que le han dicho al Señor: «esperanza mía y castillo mío; mi Dios, en quien confiaré» (91:1, 2). Es decir, han escogido unir sus vidas a la del Señor, y por eso Dios es su todo. Esta dependencia es la que, precisamente, puede impedir que se lancen a proyectos alocados sin haber recibido indicaciones del Señor al respecto.

La respuesta de Jesús revela que él percibía claramente la trampa. Al pasar, observemos que el Señor no intenta corregir el uso tergiversado que el diablo le da a las Escrituras. No entra en discusiones ni argumentos, sino que vuelve a apelar a la autoridad de la Palabra. La cita que escoge también está tomada del libro de Deuteronomio, en este caso del capítulo 6. Este capítulo contiene una serie de instrucciones para Israel, que eran entregadas «a fin de que temas a Jehová, tu Dios, guardando todos los estatutos y mandamientos que yo te ordeno» (2). El corazón de la propuesta diabólica, entonces, invita a una actitud de insolencia y soberbia hacia la persona de Jehová.

Este es uno de los más difíciles problemas que enfrentan aquellos que gozan de una relación con Dios. Con el pasar de los años, entre el continuo trato y la abundancia de estudios acerca de su persona, empezamos a creer que sabemos quién es Dios y cómo obra. Perdemos el sentido del misterio que lo rodea y acabamos con una imagen extraña del Señor, que lo muestra sólo un poco superior a un ser humano con poderes extraordinarios. Ya no lo vemos como nuestro amo, pues lo hemos convertido en nuestro socio, el amigo que da buenos consejos.

Esta intimidad y familiaridad con Dios no es más que una fantasía. En la Biblia, literalmente todos los hombres y las mujeres con los que Dios tuvo un encuentro cercano experimentaron un profundo temor. Considere el caso de Isaías, ¿qué exclamó?, «¡Ay de mí! Porque perdido estoy, pues soy hombre de labios inmundos y en medio de un pueblo de labios inmundos habito, porque han visto mis ojos al Rey, al SEÑOR de los ejércitos». Piense en Pedro que, en el monte de la transfiguración, «no sabía qué decir, pues estaban aterrados» (Marcos 9:6). Observe la figura de Juan, que recibió una visión del Cristo entronado. Él mismo testifica: « Cuando le vi, caí como muerto a sus pies. Y él puso su diestra sobre mí, diciéndome: No temas; yo soy el primero y el último» (Apocalipsis 1:17).

La actitud que nos lleva a mantener una reverente distancia de la persona de Dios es fundamental para el desarrollo de nuestra vida espiritual. El salmista mismo lo proclama: «  El principio de la sabiduría es el temor de Jehová; Buen entendimiento tienen todos los que practican sus mandamientos; Su loor permanece para siempre. » (Salmos 111:10).

Sin ella, corremos peligro de tomarnos libertades que no nos corresponden, asunto que veremos en el desarrollo de esta tentación.

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