El fuego del avivamiento no se apaga cuando dejamos de hablar de Dios; se apaga cuando dejamos de permitir que Dios gobierne nuestras decisiones reales. Puedes declarar que Cristo es Señor, pero si tus finanzas, tu carácter, tu agenda y tus relaciones no están alineadas a Su voluntad, entonces el nombre está en tu boca, pero no en la estructura de tu vida.