Imaginemos, por un momento, que dejamos de lado todos los tabúes. Que suspendemos la ética, olvidamos la dignidad, ignoramos la ley y desconectamos la empatía. Imaginemos que un cuerpo humano adulto, de carne y hueso, no es un sujeto de derechos, sino un objeto de inventario. Un almacén de materias primas, una fábrica de componentes de alto rendimiento y un depósito de datos extremadamente valiosos. ¿Cuál sería su valor en una hipotética subasta del mercado libre más despiadado?