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Amados en nuestros pecados
El hijo pródigo llegó a casa con las manos vacías. No tenía trofeos que mostrar a su padre, ni logros con los que ganarse su alabanza, su bienvenida y su amor. Él fue un fracaso. Peor aún, era un pecador. Se merecía ser castigado y lo sabía. Sin embargo, el castigo era lo último que necesitaba. Castigarlo sería como echar agua sobre un fuego agonizante. ¿Qué sucedió? Cuando el padre vio a su hijo perdido que venía hacia él, su corazón se conmovió y al minuto siguiente estaban uno en los brazos del otro. Es una experiencia extraordinaria ser amado en la propia pecaminosidad. Tal amor es como una brisa para un fuego agonizante, o lluvia que cae sobre un suelo reseco. Aquellos que han experimentado este tipo de amor, saben algo sobre el corazón de Dios.
By Alejandro De la SottaAmados en nuestros pecados
El hijo pródigo llegó a casa con las manos vacías. No tenía trofeos que mostrar a su padre, ni logros con los que ganarse su alabanza, su bienvenida y su amor. Él fue un fracaso. Peor aún, era un pecador. Se merecía ser castigado y lo sabía. Sin embargo, el castigo era lo último que necesitaba. Castigarlo sería como echar agua sobre un fuego agonizante. ¿Qué sucedió? Cuando el padre vio a su hijo perdido que venía hacia él, su corazón se conmovió y al minuto siguiente estaban uno en los brazos del otro. Es una experiencia extraordinaria ser amado en la propia pecaminosidad. Tal amor es como una brisa para un fuego agonizante, o lluvia que cae sobre un suelo reseco. Aquellos que han experimentado este tipo de amor, saben algo sobre el corazón de Dios.