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Hace pocos días me llegaba un mensaje de un amigo cubano, responsable de una comunidad católica en la isla: “El carburante escasea en todo el país, los apagones y los cortes de agua empeoran, los próximos días serán cruciales para determinar el futuro de la isla… Los amigos de la comunidad estamos en contacto para ayudarnos mutuamente; confiamos en el Señor que nos protege y nos guía”. Por su parte, el padre Ariel Suárez, secretario de la Conferencia Episcopal, añade que la corrupción aumenta y se extiende como una plaga, aumentan la pobreza y la dependencia, las calles están plagadas de basura y las infraestructuras se desmoronan. No es extraño que el estado de ánimo general sea de desesperación y tristeza por tanto desgaste.
La Iglesia cubana es extremadamente débil, pobre y vulnerable, reconoce el padre Ariel, pero vive con la certeza de que ha recibido un tesoro y que debe compartirlo. La emigración afecta también a la Iglesia, se ha reducido el número de jóvenes en las parroquias y el laicado formado y fiel ya está cansado y mayor. Hay personas nuevas que se acercan con buena disposición, pero hay que formarlas y acompañarlas. En fin, afirma, aquí estamos, y no de brazos cruzados. Los obispos cubanos han mostrado su disponibilidad a colaborar en la distensión y en el diálogo social. El secretario de la Conferencia añade que hacen falta cambios urgentes en la economía nacional, en la apertura y en el reconocimiento de todas las personas, incluidas las que piensan diferente: “Necesitamos hablar con verdad, buscar la verdad y vivir en la verdad”.
Cuando le preguntan a este joven sacerdote qué le permite seguir en la isla sin perder la confianza, responde rotundo: “La certeza de que Cristo es el Señor de la historia y de nuestra vida, de Cuba y del mundo entero, que estamos en sus manos y que son manos buenas. Esto sostiene nuestras fatigas y da sentido a nuestra labor”.
By COPEHace pocos días me llegaba un mensaje de un amigo cubano, responsable de una comunidad católica en la isla: “El carburante escasea en todo el país, los apagones y los cortes de agua empeoran, los próximos días serán cruciales para determinar el futuro de la isla… Los amigos de la comunidad estamos en contacto para ayudarnos mutuamente; confiamos en el Señor que nos protege y nos guía”. Por su parte, el padre Ariel Suárez, secretario de la Conferencia Episcopal, añade que la corrupción aumenta y se extiende como una plaga, aumentan la pobreza y la dependencia, las calles están plagadas de basura y las infraestructuras se desmoronan. No es extraño que el estado de ánimo general sea de desesperación y tristeza por tanto desgaste.
La Iglesia cubana es extremadamente débil, pobre y vulnerable, reconoce el padre Ariel, pero vive con la certeza de que ha recibido un tesoro y que debe compartirlo. La emigración afecta también a la Iglesia, se ha reducido el número de jóvenes en las parroquias y el laicado formado y fiel ya está cansado y mayor. Hay personas nuevas que se acercan con buena disposición, pero hay que formarlas y acompañarlas. En fin, afirma, aquí estamos, y no de brazos cruzados. Los obispos cubanos han mostrado su disponibilidad a colaborar en la distensión y en el diálogo social. El secretario de la Conferencia añade que hacen falta cambios urgentes en la economía nacional, en la apertura y en el reconocimiento de todas las personas, incluidas las que piensan diferente: “Necesitamos hablar con verdad, buscar la verdad y vivir en la verdad”.
Cuando le preguntan a este joven sacerdote qué le permite seguir en la isla sin perder la confianza, responde rotundo: “La certeza de que Cristo es el Señor de la historia y de nuestra vida, de Cuba y del mundo entero, que estamos en sus manos y que son manos buenas. Esto sostiene nuestras fatigas y da sentido a nuestra labor”.