Fotografiar la danza supone un conocimiento acabado de sus pasos y movimientos, un interés latente por comprender qué transmiten los bailarines con sus gestos y figuras y la originalidad suficiente para reinventarse cada día en un nuevo plano, una técnica diferente o un inteligente uso del color y la iluminación.
Sin embargo, el adiestramiento en captar el momento en el que el cuerpo alcanza su máxima expresión precisa de ingredientes adicionales para perpetuar una imagen vívida, especial, desbordante de emociones.