La vida cristiana se desarrolla mediante la fe, la esperanza y la caridad. Esas tres virtudes, infundidas por Dios en el alma, en la medida que se viven adecuadamente, forman la personalidad cristiana. Es por eso por lo que san Pablo da gracias a Dios por la vida de los cristianos de Tesalónica, de quienes destaca la actividad de la fe, el esfuerzo del amor y el aguante de la esperanza. La fe es activa porque se muestra en las obras, en la vida cotidiana; el amor, que supone esfuerzo, es también visible cuando se practica; la esperanza se expresa como fortaleza y aguante ante las dificultades de la vida. Al cristiano auténtico se le reconoce por las actitudes que mueven su vida y que son las provenientes de las virtudes teologales. San Pablo afirma, luego de alabar a su comunidad, la razón de esa adecuada vivencia cristiana: fuerza del Espíritu Santo y convicción profunda. La vida de fe es una acción conjunta del Espíritu Santo y el creyente, el Espíritu habilita dando fuerza y el fiel pone convicción profunda en el amor de Dios, en su acción salvadora y en las posibilidades que obtiene por su fe.