Cuando escuchamos la palabra exilio, pensamos en el momento en que el pueblo de Israel fue llevado a Babilonia. Pensamos en una ciudad destruida, en un templo derribado y en un pueblo lejos de su tierra.
Pero el libro de Ezequiel nos muestra algo mucho más profundo: el exilio no comenzó cuando el pueblo fue llevado a Babilonia. El exilio comenzó cuando el corazón del pueblo se alejó de Dios. Antes de que Jerusalén cayera, el corazón ya se había enfriado. Antes de que el templo fuera destruido, la adoración ya estaba contaminada.