Me llamo James Robert Callahan. Nací en Scranton, Pensilvania, en 1922. No soy
héroe. Solo un chico de barrio que se alistó en abril de 1943 porque su hermano mayor
ya estaba en el Pacífico y su padre, minero del carbón, le dijo: “Si vas a morir, que sea
por algo que valga la pena”. Nunca imaginé que ese “algo” me llevaría a una playa de
Normandía, con el agua helada hasta las caderas y el cielo lleno de plomo.