“Robin venía haciendo lo mismo desde hacía cinco años. Una obra de teatro cada verano. Tomó esa costumbre cuando vivía en Stratford, donde estudiaba enfermería. Fue con una compañera de estudio que había conseguido un par de entradas gratis gracias a una tía, que trabajaba en el vestuario del teatro. La chica estaba muerta de aburrimiento —representaban El rey Lear—, de modo que Robin no comentó qué le parecía a ella. De cualquier manera no habría sido capaz de expresarlo. Le habría gustado salir sola del teatro y no tener que hablar con nadie, por lo menos en veinticuatro horas. Fue entonces cuando decidió volver. Y volver sola.”