Dos familias de acogida nos relatan en Despierta Aragón cómo es recibir en casa a niños temporalmente, a la espera de que los problemas de su familia biológica se solucionen o de que sean adoptados definitivamente en otro hogar. Reconocen que algunos pequeños llegan “marcados” por venir de entornos completamente desestructurados, pero aseguran que los cambios “son casi inmediatos”.
Manolo Herrero, socio de ADAFA, ha acogido en casa casi una treintena de niños de acogida en los últimos 25 años. Recuerda que el sistema ahora hace un control mucho más exhaustivo de las familias y las circunstancias de cada menor. Asegura que la experiencia de cada niño es “un auténtico tesoro para los padres de acogida”. “Los niños llegan con su mochila cargado, hay que ayudarles a que cojan confianza y vas a prendiendo cómo tratarlos”.
Beatriz Pitarch, madre de acogida desde 20018, recuerda el momento exacto en que su cabeza “hizo clic” y se decidió a recibir niños en casa: “Fue durante una conversación con un trabajador de un centro de menores, que me contaba que allí hacen todo lo posible por atender bien a los niños, pero que la diferencia es abismal cuando crecen en un centro y no en una familia”. “Los cuidas como si fueran tus hijos, los quieres incondicionalmente”, añade.
Pitarch asegura que en cuanto estos niños llegan a una familia de acogida, “despliegan las alas y empiezan a volar”. “Lo más difícil”, apunta, “son las despedidas: cuando se van duele”. “Al menos, nos queda la sensación agradable de saber que les hemos apoyado en el momento más difícil de un proceso que ya se ha resuelto, bien sea volviendo con su familia biológica o bien con una familia de adopción definitiva”.