Tener como proyecto vital destruir lo que hace el otro empobrece la mente porque se vacía de ideas propias, siempre pendiente de los que hacen los demás. Especialmente grave es cuando destruir lo que ha hecho el contrario, se convierte en el eje central de un proyecto político, porque nos introduce en un proceso disruptivo y desquiciante que impide el avance social por la falta de proyecto propio y de juicio racional de quién se guía por esta ejecutoria.