Marcos 11:27-33 (La Palabra)
Cuando llegaron de nuevo a Jerusalén, mientras Jesús estaba paseando por el Templo, se acercaron a él los jefes de los sacerdotes, los maestros de la ley y los ancianos, y le preguntaron: — ¿Con qué derecho haces tú todo eso? ¿Quién te ha autorizado a hacer lo que estás haciendo?
Jesús les contestó: — Yo también voy a preguntarles una cosa. Respóndanme y les diré con qué derecho hago todo esto. ¿De quién recibió Juan el encargo de bautizar: de Dios o de los hombres? ¡Respóndanme!
Ellos se pusieron a razonar entre sí: “Si contestamos que lo recibió de Dios, él dirá: ‘¿Por qué, pues, no le creyeron?’ Pero ¿cómo vamos a decir que lo recibió de los hombres?”. Y es que temían la reacción del pueblo, porque todos tenían a Juan por profeta. Así que respondieron: — No lo sabemos.
Entonces Jesús les replicó: — Pues tampoco yo les diré con qué derecho hago todo esto.
PENSAR: Jesús se paseaba por el templo, porque era la casa de su Padre. En el templo se sentía en casa. En el capítulo 11 de Marcos tenemos la impresión de que el Señor Jesús tomó posesión del templo, como si hubiera sido una ocupación pacífica de los espacios sagrados.
El templo de Jesús es una casa de oración abierta para todas las naciones. Las puertas de los atrios exteriores están abiertas para que los extranjeros podamos hacer oración libremente, invocando el nombre del Señor. “Y todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo”.
El templo de Jesús tiene una mesa puesta, con los panes de la proposición. Es una buena proposición, porque Dios nos propone la vida. En la casa del Padre hay sustento y provisión, y nadie pasa hambre. Hay abundancia de todo bien y plenitud de gozo. Hay delicias a su diestra para siempre.
El templo de Jesús no tiene velo de separación en el lugar santísimo, porque con su muerte en el Viernes Santo, lo rasgó en dos, de arriba abajo, permitiendo así la entrada directa a la presencia de Dios en la tierra, sin necesidad de los ritos y ceremonias de una religión, y sin necesidad de la intervención de sacerdote alguno, porque Cristo es nuestro sumo sacerdote.
El templo de Jesús no tiene altar de sacrificios, porque él mismo ha sido el sacrificio de nuestra paz. Es nuestro Cordero, que con su muerte quita el pecado del mundo. El Señor Jesús tiene toda autoridad sobre el templo, porque es su casa, y por la gracia que demostró en su muerte en la cruz, nos ha abierto las puertas de su casa, para conocer de cerca a Dios como nuestro buen Padre celestial, y para ser llenos de su Espíritu, que es amor derramado y desbordante.
ORAR: Señor, aunque ese templo se vino abajo y no quedó piedra sobre piedra, tú sigues teniendo en nosotros una casa espiritual, de la cual somos piedras vivas. Amén.
IR: El Señor construye su bendito reino, en humildad y para la reconciliación con el Padre celestial.