Salmo 143 (La Palabra)
Oh SEÑOR, escucha mi oración; atiende mis ruegos. Respóndeme por tu fidelidad, por tu justicia. No entres en juicio con tu siervo porque no se justificará delante de ti ningún viviente. Porque el enemigo ha perseguido mi alma; ha postrado en tierra mi vida, me ha hecho habitar en lugares tenebrosos como los muertos de antaño.
Mi espíritu desmaya dentro de mí; mi corazón queda asombrado.
Me acuerdo de los días de antaño, medito en todos tus hechos y reflexiono en las obras de tus manos. Extiendo mis manos hacia ti; mi alma te anhela como la tierra sedienta.
Respóndeme pronto, oh SEÑOR, porque mi espíritu desfallece. No escondas de mí tu rostro para que no sea yo como los que descienden a la fosa.
Hazme oír por la mañana tu misericordia porque en ti confío. Hazme conocer el camino en que he de andar porque hacia ti levanto mi alma.
Líbrame de mis enemigos, oh SEÑOR, porque en ti me refugio.
Enséñame a hacer tu voluntad porque tú eres mi Dios; tu buen Espíritu me guíe a tierra de rectitud. Vivifícame, oh SEÑOR, por amor de tu nombre; por tu justicia saca mi alma de la angustia. Por tu misericordia silencia a mis enemigos; destruye a todos los adversarios
de mi alma porque yo soy tu siervo.
PENSAR: Encontramos en algunos salmos (7, 26, 35, 43) la extraña petición de ser juzgados por Dios. El salmista tiene su plena confianza en la justicia de Dios. En cambio, en el 143, el creyente pide no entrar ante los tribunales de Dios, porque sabe que nadie puede ser justificado delante de Dios. Sin embargo, en dos ocasiones en este salmo el ruego a Dios es “por tu fidelidad, por tu justicia”, y “por amor de tu nombre, por tu justicia, por tu misericordia”.
Estamos entonces ante dos conceptos de justicia que conviven en el Antiguo Testamento. Uno es la justicia retributiva, por la cual se le da a cada quien lo que se merece. En ese sentido, pedimos no entrar jamás en juicio delante de Dios, porque no lograremos salir vivos. Para ser justificados necesitamos cubrirnos con la sangre de un Cordero perfecto, sacrificio de reconciliación. Ese Cordero es el Señor Jesús, crucificado para nuestra redención.
El otro es la justicia restitutiva, por la cual Dios se pone del lado de quien ha sufrido injustamente, para restituirle su dignidad. En ese sentido, los que hemos experimentado el corazón quebrantado, los huérfanos, las viudas y los extranjeros sin derechos, todos los que nos vemos pobres –miserables— en espíritu rogamos al Señor por su justicia.
Esta justicia restitutiva de Dios es la que siempre va de la mano con su fidelidad, su amor y su misericordia. Si no fuera por esa justicia, no tendríamos por qué acudir a Dios. Dios nos vivifica; en cambio, nuestro enemigo quiere nuestra muerte. No tenemos lucha contra sangre y carne. Nuestro enemigo es un adversario espiritual, cuyas armas son la duda, el miedo, los problemas y las tentaciones. Rogamos a Dios que por su justicia desbarate las dudas y el miedo, que nos sostenga en medio de los problemas y nos ayude a no caer a la hora de las tentaciones.
ORAR: Señor, fortalécenos en la lucha para salir de los terrenos de la muerte y vivir por ti. Amén.
IR: Cristo es la justicia de Dios para todo aquel que en él cree.