En este mundo, en nuestras calles, camina el tentador que conoce de las codicias y ambiciones, del orgullo y de la vanidad.
El tener. Cuando el tentador propone transformar las piedras en pan. Es pensar que los bienes materiales pueden llenar el corazón del hombre; “tener” en lugar de “ser”; tener bienes materiales a cualquier costo, a cualquier precio, aún al costo o al precio de la propia conciencia, de la propia dignidad. Es una necesidad, un vicio adictivo. Para el que no tiene limites de almacenar en sus graneros, el tener se vuelve en su droga sin la cual, no puede vivir. Cada quien podría ponerse su propio precio. Cabe entonces la pregunta: por cuánto te has vendido? por cuánto has vendido a tu hermano? “El pan es importante, la libertad es más importante, pero lo más importante de todo es la fidelidad constante y la lealtad a los principios, jamás traicionada” (cf.Alfred Delp). “Cuando no se respeta esta jerarquía de los bienes, sino que se invierte, ya no hay justicia, ya no hay preocupación por el hombre que sufre, sino que se crea desajuste y destrucción, caos y anarquía, se entra en el reino de la arbitrariedad. Cuando a Dios se le da una importancia secundaria, que se puede dejar de lado temporal o permanentemente en nombre de asuntos supuestamente más importantes, entonces fracasan precisamente estas cosas presuntamente más importantes /../ Está en juego la primacía de Dios/…/ No se puede gobernar la historia con meras estructuras materiales, prescindiendo de Dios. Aún las estructuras más sofisticadas, sino nacen de un corazón nuevo y arrepentido, se vuelven las más injustas e intolerantes. Si el corazón del hombre no es bueno, ninguna otra cosa puede llegar a ser buena. Y la bondad del corazón sólo puede venir de Aquel que es la Bondad misma, el Bien.” [1].