Asistimos a una floración inusitada de los discursos disruptivos, que son bienvenidos por una parte de la sociedad que se aferra a ellos para explicarse su propio desconcierto. Discursos que no buscan ampliar los horizontes del sistema ni del orden social vigente; sino quebrar sus estructuras. Que se instalan en la crítica sistemática sin aclarar nunca su objetivo final, que esconden detrás de mensajes simples que apelan a la emoción irracional y a la víscera, sobre valores arcaicos de raza y divinidad.
El más perverso de ellos es el que estigmatiza en la política y los políticos, los males que aquejan a las personas y a la sociedad. Que directamente califica la política de un mal per se, y a los políticos como seres venidos de otro planeta siempre con intereses espurios; escondiendo que los políticos son solo reflejo de la sociedad que los elige y que, por tanto, no son todos iguales; y que la política es el sistema racional de conciliar las visiones y posiciones diferentes ante la vida en pos del bien común. Mensaje que es perverso porque intenta socavar la democracia abonando el terreno para la vuelta de la dictadura.