una vida de rutina espiritualmente hablando, es cuando perdemos el sentido del por qué hacemos las cosas, y para quién hacemos las cosas, podemos encontrarnos haciendo cosas buenas, justas, mandadas por Dios, sin sentido, sin devoción, sin relación, ni intimidad con Dios. Podemos estar usando los medios de gracia y estar orando, repitiendo cosas, ayunando con propósitos y motivos inadecuados, sin tener presente a Dios, únicamente interesados en recibir aquello por lo cual nosotros anhelamos, pidiendo mal, ayunando para nuestros propios deleites, abandonando a Dios. un creyente que ha caído en la rutina, del legalismo, la hipocresía, de las obras que son justas, enviadas por Dios levantadas por él, pero que no tienen corazón, sin intencionalidad espiritual, de glorificar y exaltar su nombre, sin pensar en aquello que deberíamos de estar pensando agradar y glorificar a Dios por medio de las obras que no ha mandado hacer.