El Comentario del Día

Domingo III Pascua - 19/04


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DOMINGO III PASCUA

San Lucas 24, 13-35

La Cruz y la Resurrección 

Estamos siendo testigos privilegiados de la historia. Una historia que nos implica personalmente, a ti y a mí, y que jamás podremos olvidar. No hay que ser muy listo para darse cuenta del aluvión de gracia tras gracia que Dios, tan generosamente, está prodigando estos días en todos los rincones de la tierra. San Pedro nos dice: “Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré. Por eso se me alegra el corazón, exulta mi lengua, y mi carne descansa esperanzada”. Son palabras del primer Vicario de Cristo en la tierra. San Juan Pablo II, desde la ventana de la “Casa del Padre” nos animaba a tener alegre el corazón, porque su carne descansa, no ya en la esperanza, sino en la certeza de estar abrazado a Cristo en la Gloria.San Juan Pablo II pasó sus últimos días, como algún periodista decía, clavado en la Cruz. Pero sabemos que esa Cruz era de Resurrección, y los que pertenecen a Dios, una vez consumidos en el amor de Cristo, aquí en el mundo, no caen en un fatal destino desconocido, sino que son “aupados” a lo más alto para que el cielo y la tierra proclamen la bondad infinita de Dios. Este es el juego de lo divino, y del que muchas veces nos “escaqueamos” por pensar que es incierto o demasiado comprometedor. No podemos andarnos con “remilgos”. “Dios resucitó a este Jesús, y todos nosotros somos testigos”. Dicen que San Juan Pablo II dejó el listón muy alto. Pero sabemos, que además de todas las virtudes humanas que jalonaban a San Juan Pablo II, lo que le hacía verdaderamente “Grande”, era estar enamorado de Jesucristo. Ese es el testigo que debemos recoger del Santo Padre: enamorarnos de Cristo. Y ese mismo testigo recogieron los nuevos Sumo Pontífices, porque también son Vicarios de Cristo. Si somos capaces de descubrir la ternura de Dios en nuestra vida, ninguna otra cosa nos hará más felices: “me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua”. Él nunca nos dejará solos... nosotros nunca le abandonaremos. Nunca perdamos la memoria de la historia, la de aquí y ahora. “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?”. Así relataban los discípulos de Emaús su encuentro con Jesús Resucitado, y así hicieron memoria de Aquel que les manifestó su gloria. No sólo son cosas que no se olvidan, sino que permanecen en el alma para que otros participen de la misma dicha. Decía el Papa Benedicto XVI: “el limite del mal queda vencido con la misericordia de Dios”. Esa fue la experiencia de la Virgen …  Nos asimos de la mano de María y vamos juntos a construir la historia de los hijos de Dios.

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