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DOMINGO V PASCUA
3 DE MAYO
San Juan 14, 1-12
Experimentar la divinidad en lo ordinario
Cuando el Señor ya está pronto para sufrir la pasión en Jerusalén, desde su inicio
está lleno de palabras de consuelo. Por tanto, no es simplemente un discurso “de
adiós” sino, mejor, una explicación de la gloria que Jesús va a recibir en su pasión y
resurrección y de la que podrán participar sus discípulos. Jesús se va al Padre, pero
allí les va a preparar un lugar. El Señor nos indica como va a completar su misión. Si
se ha hecho un lugar entre los hombres, por la Encarnación, ahora vuelve al Padre
para preparar nuestra entrada en la gloria. De esa manera su misión queda
completa.
Jesús pide a sus discípulos que confíen en Él. Señala que es Dios al pedir en Él la
misma fe que se pone en Dios. La fe en Dios es inseparable de la adhesión a su
enviado. Vamos a Dios a través de Jesucristo. Jesús nos indica que Él es el camino
que conduce hacia el Padre. El hombre, que a lo largo de la historia ha intentado
muchas maneras de acercarse a Dios ahora se encuentra con que hay un puente
que ha sido tendido entre el cielo y la tierra: la humanidad de Jesucristo.
Santa catalina de Siena en su Diálogo expone que, antes de Jesucristo los hombres
intentaban salvar la distancia que les separaba de Dios. Lo compara a un río que ha
de ser vadeado, pero todos se anegaban en sus aguas porque nadie, a pesar de sus
obras justas, podía llegar a la vida eterna. Pero ahora hay un puente: “Mira su
grandeza que va del cielo a la tierra. Mira cómo la tierra de vuestra humanidad está
unida a la grandeza de la divinidad. Por esto digo que llega del cielo a la tierra, por
esta unión que he realizado con el hombre”.
Felipe pide ver al Padre. Quiere anticipar la visión beatífica. Jesús le indica que
quien le ve a Él ya ha visto al Padre, porque son uno en la Trinidad. Ciertamente sólo
se ve su humanidad, pero su divinidad puede reconocerse por sus obras. Si las
obras que Jesús hace son indicio de su divinidad fácilmente podemos creer que Él
es Dios. De hecho, la Iglesia experimenta el influjo de lo divino en su vida cotidiana
y por ello, a pesar de los momentos de tribulación, no puede negar su fe.
Conocemos al Padre conociendo al Hijo. Es más, no podemos vivir la paternidad de
Dios sin la filiación que hemos recibido a través de Jesucristo. Hablar de Dios Padre
sin tener presente a su Hijo es inventarse su paternidad y minimizarla. Dice san
Ireneo: “Es imposible conocer a Dios en su grandeza porque el Padre es incapaz deser medido (por el hombre)”. Ahora bien, por su abajamiento el Hijo se convierte en
intérprete del Padre y en camino hacia Él.
Quienes crean en Jesús realizarán obras aún mayores. Palabras que incluyen una
gran promesa que se entiende a la luz de lo que dice Pablo: “sois una raza elegida,
un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para
proclamar sus hazañas…”. Miramos a la Virgen, madre de la Iglesia, inseparable de
su cabeza y testigo de cómo Jesús continúa actuando en la historia.
By Ermita Virgen del Puerto Madrid RíoDOMINGO V PASCUA
3 DE MAYO
San Juan 14, 1-12
Experimentar la divinidad en lo ordinario
Cuando el Señor ya está pronto para sufrir la pasión en Jerusalén, desde su inicio
está lleno de palabras de consuelo. Por tanto, no es simplemente un discurso “de
adiós” sino, mejor, una explicación de la gloria que Jesús va a recibir en su pasión y
resurrección y de la que podrán participar sus discípulos. Jesús se va al Padre, pero
allí les va a preparar un lugar. El Señor nos indica como va a completar su misión. Si
se ha hecho un lugar entre los hombres, por la Encarnación, ahora vuelve al Padre
para preparar nuestra entrada en la gloria. De esa manera su misión queda
completa.
Jesús pide a sus discípulos que confíen en Él. Señala que es Dios al pedir en Él la
misma fe que se pone en Dios. La fe en Dios es inseparable de la adhesión a su
enviado. Vamos a Dios a través de Jesucristo. Jesús nos indica que Él es el camino
que conduce hacia el Padre. El hombre, que a lo largo de la historia ha intentado
muchas maneras de acercarse a Dios ahora se encuentra con que hay un puente
que ha sido tendido entre el cielo y la tierra: la humanidad de Jesucristo.
Santa catalina de Siena en su Diálogo expone que, antes de Jesucristo los hombres
intentaban salvar la distancia que les separaba de Dios. Lo compara a un río que ha
de ser vadeado, pero todos se anegaban en sus aguas porque nadie, a pesar de sus
obras justas, podía llegar a la vida eterna. Pero ahora hay un puente: “Mira su
grandeza que va del cielo a la tierra. Mira cómo la tierra de vuestra humanidad está
unida a la grandeza de la divinidad. Por esto digo que llega del cielo a la tierra, por
esta unión que he realizado con el hombre”.
Felipe pide ver al Padre. Quiere anticipar la visión beatífica. Jesús le indica que
quien le ve a Él ya ha visto al Padre, porque son uno en la Trinidad. Ciertamente sólo
se ve su humanidad, pero su divinidad puede reconocerse por sus obras. Si las
obras que Jesús hace son indicio de su divinidad fácilmente podemos creer que Él
es Dios. De hecho, la Iglesia experimenta el influjo de lo divino en su vida cotidiana
y por ello, a pesar de los momentos de tribulación, no puede negar su fe.
Conocemos al Padre conociendo al Hijo. Es más, no podemos vivir la paternidad de
Dios sin la filiación que hemos recibido a través de Jesucristo. Hablar de Dios Padre
sin tener presente a su Hijo es inventarse su paternidad y minimizarla. Dice san
Ireneo: “Es imposible conocer a Dios en su grandeza porque el Padre es incapaz deser medido (por el hombre)”. Ahora bien, por su abajamiento el Hijo se convierte en
intérprete del Padre y en camino hacia Él.
Quienes crean en Jesús realizarán obras aún mayores. Palabras que incluyen una
gran promesa que se entiende a la luz de lo que dice Pablo: “sois una raza elegida,
un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para
proclamar sus hazañas…”. Miramos a la Virgen, madre de la Iglesia, inseparable de
su cabeza y testigo de cómo Jesús continúa actuando en la historia.