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DOMINGO VI DE PASCUA
SAN JUAN DE ÁVILA
10 DE MAYO
San Juan 14, 15-21
La conversión
¿Por qué no me convierto? ¿Por qué pongo todavía reticencias a Dios en mi vida y
me guardo mis cosas, mis asuntos, mis gustos y me aferro a mi “hombre viejo” con
más razones que feligreses tengo? Me aferro con angustia al mundo y “el mundo no
puede recibirlo (al Espíritu de la verdad), porque no lo ve ni lo conoce.” Tal vez me
guste ser ciego e ignorante. Tememos perder cosas cuando sólo podemos ganar la
salvación, la alegría de Cristo, es decir la alegría del hombre.
“No os dejaré desamparados, volveré”. Esta frase tan rotunda de Cristo tiene que
entrar en nuestro corazón y afianzarse hasta los cimientos de nuestro corazón.
Podemos darnos cien mil razones para aguar nuestra vida de fe, pero cuando
miramos a los ojos a la Virgen se nos caerán todas esas razones por los suelos.
Podemos mentirnos a nosotros mismos, pero no podemos mentir a nuestra madre,
a la que nunca se sintió desamparada pues sabía que su Hijo volvería, que estaba y
está con nosotros.
Podríamos pedir ese milagro hoy … Tal vez sea nuestra pereza lo que nos hace
retrasarlo, hasta el momento de estar ante la imagen de la Virgen, pero los humanos
necesitamos nuestros momentos, nuestra historia personal.
“La ciudad se llenó de alegría.” Ni Dios Padre, Hijo ni Espíritu Santo, ni nuestra
madre la Virgen nos defrauda.
By Ermita Virgen del Puerto Madrid RíoDOMINGO VI DE PASCUA
SAN JUAN DE ÁVILA
10 DE MAYO
San Juan 14, 15-21
La conversión
¿Por qué no me convierto? ¿Por qué pongo todavía reticencias a Dios en mi vida y
me guardo mis cosas, mis asuntos, mis gustos y me aferro a mi “hombre viejo” con
más razones que feligreses tengo? Me aferro con angustia al mundo y “el mundo no
puede recibirlo (al Espíritu de la verdad), porque no lo ve ni lo conoce.” Tal vez me
guste ser ciego e ignorante. Tememos perder cosas cuando sólo podemos ganar la
salvación, la alegría de Cristo, es decir la alegría del hombre.
“No os dejaré desamparados, volveré”. Esta frase tan rotunda de Cristo tiene que
entrar en nuestro corazón y afianzarse hasta los cimientos de nuestro corazón.
Podemos darnos cien mil razones para aguar nuestra vida de fe, pero cuando
miramos a los ojos a la Virgen se nos caerán todas esas razones por los suelos.
Podemos mentirnos a nosotros mismos, pero no podemos mentir a nuestra madre,
a la que nunca se sintió desamparada pues sabía que su Hijo volvería, que estaba y
está con nosotros.
Podríamos pedir ese milagro hoy … Tal vez sea nuestra pereza lo que nos hace
retrasarlo, hasta el momento de estar ante la imagen de la Virgen, pero los humanos
necesitamos nuestros momentos, nuestra historia personal.
“La ciudad se llenó de alegría.” Ni Dios Padre, Hijo ni Espíritu Santo, ni nuestra
madre la Virgen nos defrauda.