Había una vez un hombre que se llamaba Jorge y que caminaba mientras leía. Era un caminante de libros. Por allí donde pasaba no apartaba su mirada de entre las páginas de su edición de bolsillo. Era una edición liviana para que pesara poco en sus andares. El caminante de libros se recorría todo el país sin saber por donde pasaba. Esquivaba coches, motos, cacas de los perro, cruzaba senderos de bosques, calles y plazas. Para él todo era igual. Las subidas y las bajadas, porque para él el único mundo que existía era el que tenia entre sus manos, el que habitaba entre las páginas de libro que leía.
La gente que se lo cruzaba le saludaba y alguna rara vez, muy rara, levantaba su mirada para devolverlos el saludo, sino se le acumulaban. En ese momento una sensación muy rara le inundaba. Como si de repente se desconectara de un sueño. Y solo por unos instantes se daba cuenta por donde pasaba, de la gente que le rodeaba, del cielo y de la tierra y de los pájaros que cantaban al sol de la tarda o de la mañana.
El caminante de libros al final de día también dormía. Como todos. Dormía bien agarrado a su libro como el que agarra un manta. Al despertar, desayunaba mirando el libro, iba al baño con el libro, se duchaba con el libro, comía con el libro, llamaba por teléfono ojeando el libro, hablaba con la gente sin apartar los ojos del libro. En fin, que lo hacia todo con el libro.
Pero los libros empiezan y también acaban. Y Jorge esto lo sabia Los empezaba con fuerza, con alegría, con ganas de descubrir el mundo que escondía pero cuando faltaban pocas paginas para llegar a su fin, le entraba una sensación de estar cerca de un abismo, de entrar en la nada...
( el cuento sigue en el audio)
Música y texto: @eduardcosta
Foto thanks to @itfeelslikefilm
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