Bienvenidos una vez más a Educando a la Pobrería, el único podcast donde hablamos de esas cosas que todos vemos, todos vivimos, todos sufrimos... pero que nadie quiere admitir porque arruinan la foto familiar de Facebook.
Hoy vamos a hablar de una de las figuras más queridas de cualquier familia: los abuelos.
Esos seres humanos extraordinarios capaces de convertir una tortilla con mantequilla en un banquete cinco estrellas.
Los mismos que tienen remedios para todo.
Los abuelos son una especie aparte.
Son los guardianes de las historias familiares, los expertos en recordar cuánto costaba un pan en 1963 y las únicas personas capaces de ofrecerte comida cinco segundos después de haber terminado de comer.
Pero también son víctimas de una de las contradicciones más grandes de nuestra sociedad.
Porque todos decimos amar a nuestros abuelos.
Todos.
Hasta que llega el viernes por la tarde.
Porque curiosamente, en ese preciso momento, muchos de esos nietos adoradores desaparecen y aparecen los hijos.
Y con una frase que aterroriza a cualquier jubilado:
—Mamá, solo cuidámelos un ratito.
El famoso "ratito".
Esa unidad de tiempo latinoamericana que puede durar desde dos horas hasta diecisiete años.
Porque si algo hemos perfeccionado como sociedad es convertir a los abuelos en guarderías gratuitas.
Pero lo más triste no es eso.
Lo más triste es que muchos de esos mismos abuelos que dedican sus últimos años a cuidar nietos terminan viviendo una vejez marcada por la soledad, el olvido y el abandono.
De eso vamos a hablar hoy.
Del amor incondicional de los abuelos.
De los padres que a veces confunden apoyo con explotación.
De la soledad de la vejez.
Y de esa costumbre tan humana de valorar a las personas únicamente cuando ya no están.
Así que preparen el café.
Llámenle a su abuela si tienen meses sin hacerlo.
Y si en este momento sus hijos están donde su mamá porque usted "solo salió un rato"... bueno... este episodio también es para usted.
Comenzamos.