Al comienzo del siglo XX el gobierno de México al igual que el de Guatemala y Colombia, recibían fuertes ingresos a partir de impuestos a la bebida. Estos impuestos incluían la venta de permisos para la producción y comercialización de alcohol e impuestos sobre la venta de este. Para la zona de la península yucateca se ha dicho que “el alcohol es el vicio que estimula al estado y mantiene una gran parte del aparato burocrático.” Por esta razón la erradicación tajante del alcohol nunca fue posible, gobiernos locales y federales se vieron en la necesidad de balancear la necesidad fiscal con un clamor cada vez más fuerte para que controlaran el consumo de alcohol entre la población.