Quienes con nuestro voto alcanzan altas responsabilidades públicas, no suelen predicar con el ejemplo que siempre es exigible a quienes nos representan y deciden por nosotros. Que olvidan que son los ciudadanos y la mejora de sus condiciones de vida, el único objetivo de su acción. A los que deben el respecto de una ejecutoria limpia, no corrupta, que anteponga el bien público a intereses espurios; sin vulnerar la transparencia que garantiza la buena gestión de lo que es de todos. Representantes que están obligados a ser solidarios con sus representados en tiempos difíciles, bajándose el sueldo en la misma proporción que se lo rebajan a ellos o renunciando a él cuando no trabajan, para entregarlo al banco de alimentos. O donando la oprobiosa herencia de un padre a los servicios sociales. O renunciando al sueldo vitalicio cuando se abandona el cargo. O cumpliendo la normativa aplicable para todos y castigando al que se la salta, sea quien sea. Esta es la pedagogía social que no se hace nunca. Única vía para recuperar el crédito perdido y la confianza ciudadana