Para cualquier observador atento, es bien evidente que algo está mal en el ser humano desde su nacimiento. No hay que enseñarle a un niño a mentir, o a ser egoísta, eso es algo que sale de nosotros de manera instintiva. Tenemos una naturaleza caída que recibimos de nuestros padres Adán y Eva que nos conduce al pecado, al egocentrismo, a la rebeldía. Por mucho que nos esforcemos en ser "buenas personas", todos terminamos reconociendo que no somos como deberíamos ser. Desde el punto de vista bíblico, ninguno de nosotros da la talla para merecer la gloria junto al Padre celestial. Pero además del primer Adán, Dios también envió al postrer Adán, un nuevo representante de una nueva humanidad. Mateo 3:13-15; Lucas 23:33, 45.