Antes de que el mundo se rompiera, yo conocía el nombre de cada árbol que crecía en
las colinas de nuestro territorio. Mi abuela me enseñó a distinguir el odum, cuya madera
se usa para los tambores sagrados, del sese, que da sombra a los ancianos en las tardes
calurosas. Me dijo que los árboles no hablan con palabras, pero sus hojas susurran
consejos a quien sabe escuchar con el corazón en calma.